El reciente Congreso Panamericano, celebrado en Montevideo, Uruguay, reunió a legisladores y figuras destacadas de la izquierda de quince países del continente, incluyendo a personajes como el expresidente chileno Gabriel Boric y el presidente del país anfitrión, Yamandú Orsini. Este encuentro marcó el tercero de una serie que comenzó en Colombia en 2024 y continuó en México en 2025, todos unidos por la intención de construir una comunidad con confianza y entendimiento mutuo, crear una visión sobre desafíos comunes y trazar un rumbo para la cooperación hemisférica.
Sin embargo, este discurso resulta familiar y se asemeja a las proclamas de organismos multilaterales de diversa índole. Aunque estas consignas generalmente logran abrir diálogos, también parecen diluirse en generalidades que no incomodan a nadie. A pesar de coincidir con los objetivos, la persistente utilización de términos como “pueblo” sugiere un riesgo de manipulación política, donde la moralidad de quien se apropia de esta noción se vuelve un tótem de la política actual. La izquierda ha visto avances significativos, pero su retroceso en las elecciones recientes plantea preguntas sobre la efectividad de este enfoque.
Curiosamente, la palabra democracia no se mencionó explícitamente en los objetivos del congreso, a pesar de que fue tema de debate entre los asistentes. Este silencio lleva a cuestionar si se da por hecho que toda América es democrática o si el régimen político cuenta poco siempre que se alinee con la izquierda. La defensa de la democracia debería ser central, permitiendo la libre expresión de los pueblos del hemisferio.
A pesar de contar con participación joven, el lenguaje utilizado en el congreso evoca una nostalgia por ideologías pasadas, eclipsando los retos contemporáneos. Frases como “Solidaridad entre los pueblos, soberanía entre las naciones” reflejan una retórica que busca reavivar ideales de protestas antiguas, pero lo que realmente se echó en falta fueron discusiones prácticas y contemporáneas.
La agenda del congreso abarcó desde las relaciones Norte-Sur hasta el desarrollo económico sostenible, pero la falta de ideas concretas sobre los puntos críticos planteados reveló una desconexión entre los ideales y la realidad. A pesar de los esfuerzos por redefinir el diálogo entre estas naciones, el continente enfrenta desafíos de debilidad como actor internacional, y el presente político sigue desgastándose en retóricas divisorias.
A medida que el mundo avanza hacia la cuarta revolución científico-técnica, la izquierda parece aferrarse a discursos de distribución y supervisión, a menudo sin abordar la necesidad de adoptar posturas más innovadoras. La confianza ciega en el Estado en lugar de empoderar a la sociedad civil se ha convertido en una trampa que limita el desarrollo productivo.
El concepto de soberanía digital cobrará relevancia en un tiempo donde las plataformas globales dominan el entorno digital. Las preocupaciones sobre su regulación o supervisión deberían acompañarse de un consenso amplio y no caer en esquemas coercitivos.
Por otra parte, la lucha por la democracia y contra la desinformación se ha concentrado en un enfoque unilateral, donde la ultraderecha se presenta como el único adversario; omitiendo que las dictaduras también pueden surgir desde la izquierda. A pesar de que se hicieron menciones esporádicas a líderes de regímenes autoritarios, el evento no reflexionó sobre la grave situación en países como Venezuela, Nicaragua o Cuba.
En resumen, el Congreso Panamericano dejó en evidencia la falta de novedad más que la simple renovación generacional. La defensa de un verdadero sistema democrático sigue en la cuerda floja cuando cualquier encuentro parece más concernido en reafirmar un moralismo que en abordar de manera constructiva los desafíos que enfrenta el continente.
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