Tras dos días de urgencias y sudores fríos, Estados Unidos respira con relativo alivio: Simone Biles, la guinda de su pastel y uno de los grandes atractivos de estos Juegos Olímpicos de Tokio, está a salvo, o al menos alejada ya del potencial foco de infección que suponía su compañera Lara Eaker. Esta última, una de las dos suplentes del equipo estadounidense de gimnasia, dio positivo en uno de los tests a los que se someten a diario los 11.000 atletas que competirán en la cita y fue inmediatamente aislada, no sin que se encendiera la luz roja. No sin que se extendiera el pánico entre las filas norteamericanas. La maniobra de escape, pues, fue fulminante. Adiós a la Villa Olímpica.

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En realidad, en la dirección exacta que pretendían tomar antes de aterrizar en Tokio, al entender que la Villa era un espacio peligroso pese a que se hayan extremado las medidas y la interacción entre los deportistas sea mínima. El goteo de contagios crece y el martes a mediodía el chivato se disparó tras los análisis efectuados en el campo de entrenamiento de Narita, a 50 kilómetros de la capital, donde Biles y las suyas pulen los ejercicios y otro abordaje histórico de la hormiga atómica.
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“Mi mamá siempre me ha motivado para llegar a ser la mejor Simone que pueda ser, y ahora aprecio lo que eso significa. Si he decidido estar en Tokio es porque quiero desafiarme a mí misma e inspirar a otras personas”, explica la estadounidense en una docuserie (Biles & Herself) en la que ofrece trazos sobre cómo ha preparado estos últimos Juegos y en la que bucea por los episodios más importantes de su carrera, de los más escabrosos –una infancia muy complicada y los abusos del preparador Larry Nassar– a su meteórica ascensión hacia el Olimpo deportivo.
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