Tras cada cita europea, Joe Biden ha exhibido una pieza del engranaje trumpista ahora en pleno desmontaje. En Cornualles, la hostilidad de la nueva Administración hacia el Brexit, que Boris Johnson pretende perpetuar con una batalla sin fin, aun a costa de los acuerdos de paz en el Ulster. También el comunicado final del G-7, esos compromisos en la gobernanza del mundo que Donald Trump despreciaba. En Bruselas, la solidaridad transatlántica primero, expresada en el artículo 5 del Tratado de la OTAN sobre el auxilio entre socios ante un ataque exterior, y luego la amistad con los europeos unidos, todo lo que Trump detestaba.
En Ginebra, finalmente, las líneas rojas ante Vladímir Putin, el autócrata adulado por Trump que se vengó de la derrota geopolítica sufrida por Rusia en la Guerra Fría con la interferencia electoral en Estados Unidos.
Esta gira es solo el comienzo. Sirve para recuperar a los amigos y marcar el campo de juego a los enemigos. A Rusia ante todo, pero también a China. El adversario estratégico, con potencial para disputar a Estados Unidos el liderazgo mundial y a los países democráticos. La asociación entre la prosperidad y el bienestar con el Estado de derecho y las libertades individuales.
Esta reunión de Ginebra, en la que el presidente ruso aparece como el interlocutor reconocido. Es el último rendimiento de la victoria de Trump en 2016. A cambio recibe directamente de manos de Biden el mapa de los límites que no debe traspasar a riesgo de encontrarse con una Casa Blanca que abomina de las simpatías trumpistas con los regímenes autoritarios.


