Ocho en punto de la mañana. Día de perros en la periferia madrileña. Una pequeña multitud se agolpa en la cola de admisión de una de esas clínicas de barrio donde pasan consulta médicos de aseguradoras y se hacen análisis y pruebas de poca monta. Una señora mayor adorable, de esas con pelito corto tipo casco, raíz gris de mes y medio veteándole el tinte caoba, bolsito en bandolera por delante para evitar descuideros, abrigo de paño abrochado hasta el cuello y bufanda amarradita con nudo soga para no coger frío en el galillo guarda fila de un cuarto de hora hasta que le toca el turno. Entonces, en vez de presentar el volante y la tarjeta de la mutua, como todo el mundo, se pone a contarle su vida a la chica tras la pantalla de metacrilato.
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