En México, el derecho a la libertad de expresión ha sido uno de los pilares más importantes de nuestra vida democrática. Gracias a él podemos debatir, cuestionar, exigir y también reírnos de nuestras propias tragedias. Porque sí, en este país la crítica y el humor van de la mano: los mexicanos transformamos la adversidad en un meme, en una caricatura o en una frase ingeniosa que, sin violencia, dice más que cualquier discurso político.
Sin embargo, hoy ese derecho parece estar bajo amenaza. La reciente reforma en materia de comunicación y medios digitales —que pretende “regular” el contenido en redes sociales y plataformas informativas— se presenta como una medida para “combatir la desinformación” y “evitar ataques mediáticos”. Pero si se revisa con cuidado, parece más una estrategia para controlar la narrativa pública y castigar la disidencia.
El problema no es que se quiera regular el espacio digital; eso es necesario. Todos sabemos que las redes se han convertido en terreno fértil para la manipulación, las noticias falsas y el linchamiento mediático. Lo grave es que, bajo el argumento de la “regulación”, se pretende censurar lo que incomoda al poder. Es decir, si un medio, un periodista o incluso un ciudadano no comparte la línea oficial del gobierno, podría ser señalado, limitado o castigado.
En los hechos, lo que debería ser un derecho ciudadano —el de expresarnos libremente— corre el riesgo de convertirse en un privilegio condicionado. Y ahí está el verdadero peligro.
No se puede hablar de democracia cuando se pretende decidir qué se puede decir y qué no. La libertad de expresión no es un favor del Estado, es una conquista social. Nos ha costado décadas llegar hasta aquí. Periodistas perseguidos, caricaturistas amenazados, medios clausurados y ciudadanos criminalizados por opinar en voz alta son la prueba viva de que cada paso en favor de la libertad se ha dado con lucha y resistencia.
Y ahora, en nombre del “orden” y de la “verdad”, se quiere imponer un nuevo tipo de censura: la digital. Una que ya no quema libros, pero sí elimina publicaciones; que no silencia con cárcel, pero sí con algoritmos y sanciones administrativas; que no persigue físicamente, pero sí invisibiliza virtualmente.
Lo más absurdo es que incluso los memes —esa forma tan mexicana de procesar la realidad— podrían ser objeto de sanción si “afectan la imagen de instituciones o funcionarios”. En otras palabras, el humor también podría considerarse un delito. ¿Qué sigue? ¿Prohibir las carcajadas?
Hay que entenderlo bien: los memes son una expresión cultural y política, una manera popular de hacer crítica social. Son parte de nuestra identidad digital y de nuestra manera de resistir. No representan una falta de respeto, sino una herramienta de expresión ciudadana.
Por supuesto, nadie niega que debe haber límites. La libertad de expresión no debe servir para incitar al odio o para difundir mentiras que dañen a terceros. Pero una cosa es regular con criterios claros y democráticos, y otra muy distinta es censurar con criterios políticos.
Porque detrás de cada intento de censura siempre hay un miedo: el miedo del poder a ser cuestionado. Un gobierno verdaderamente fuerte no le teme a la crítica, la escucha. No censura al ciudadano, dialoga con él.
Si aceptamos callar hoy, mañana no habrá quien hable por nosotros. Por eso este debate no solo compete a periodistas o comunicadores, sino a toda la ciudadanía. Porque la libertad de expresión no se defiende solo cuando nos conviene, sino siempre.
En la vida cotidiana, este derecho nos permite denunciar un abuso, opinar sobre las decisiones públicas, compartir información y hasta bromear sobre lo que nos duele. Limitarlo sería condenarnos al silencio, y el silencio en una democracia siempre favorece al poder, nunca al pueblo.
Regular no es lo mismo que controlar. Lo primero garantiza derechos; lo segundo los destruye. Que no nos vendan censura disfrazada de regulación. Defender el derecho a expresarnos —a pensar distinto, a debatir, a reírnos, a disentir— es defender nuestra libertad más elemental: la de ser ciudadanos con voz propia.
Porque en una sociedad justa, callar no puede ser una obligación, y opinar no debería ser un riesgo, por qué la justicia no es teoría, es vida cotidiana.
Y antes de cerrar esta reflexión, aprovecho este espacio para felicitar con mucho cariño a mi sobrina Nicole, quien hoy cumple años. Le deseo una vida llena de alegrías, sueños cumplidos y libertad para expresarse siempre tal como es. ¡Feliz cumpleaños, Nicole!


