En mayo de este año, la pequeña ciudad alemana de Pforzheim reveló un tremendo vestigio de su historia al desenterrar una bomba de la Segunda Guerra Mundial que no había estallado. Este descubrimiento llevó a la evacuación de las áreas circundantes hasta que la bomba fue detonada de manera controlada, recordando que el pasado bélico aún resuena en el presente.
Sin embargo, otros fantasmas del pasado parecen mucho más difíciles de desterrar. En primavera, un club juvenil en Brandeburgo se convirtió en escenario de un inquietante incidente, donde más de un centenar de adolescentes entonaron lemas nazis. Situaciones similares se reportaron en Frisia del Norte, donde se escucharon cánticos xenófobos. Estos acontecimientos hicieron que la exposición de arte en Múnich, titulada “Antifascismo: Ahora”, adquiera una urgencia particular, especialmente en la cuna del nazismo en Baviera.
El crecimiento de movimientos nacionalistas y populistas no es exclusivo de Alemania, pero la creciente influencia del partido Alternativa para Alemania (AfD) es especialmente preocupante, dado el impacto histórico que tuvo el país en el siglo XX. Este desasosiego se intensifica con el intento global de criminalizar el activismo antifascista. Recientemente, el presidente de los Estados Unidos categoriza a “Antifa” como una “organización terrorista”, a pesar de que no existe formalmente. En este contexto, los verdaderos adversarios del estado parecen ser aquellos que luchan contra la opresión, difuminando las distinciones históricas entre el pasado y el presente.
La exposición “Antifascismo: Ahora” en la Kunsthalle Lothringer 13 presenta obras de artistas que rinden homenaje a actos de resistencia pasados y actuales. Un punto focal de esta muestra es una impresionante pintura de Ismet Mujezinovic, titulada Charge (1947), que evoca la lucha de los partisanos contra los nazis. La exhibición se extiende en una diversidad de formatos y enfoques.
Una instalación del colectivo de periodistas anti-fascistas Recherche Nord documenta ataques a reporteros en Alemania durante las últimas dos décadas, usando una paleta de colores para representar la violencia en un formato abstracto y perturbador. Otro ejemplo es el trabajo del grupo Forensic Architecture, que utiliza herramientas de modelado 3D para reconstruir el asesinato de Pavlos Fyssas, un rapero antifascista asesinado en 2013 por la organización de extrema derecha griega Golden Dawn. Estas representaciones no solo son estéticamente impactantes, sino que también han sido cruciales para la condena de Golden Dawn como entidad criminal en Grecia.
Asimismo, obras que abordan las agresiones rusas en Ucrania se presentan en la exposición, abarcando una serie de momentos de conflicto contemporáneo. Sin embargo, hay críticas en torno a la representación del sufrimiento en Gaza en comparación con los crímenes de guerra en Ucrania, lo que provoca cuestionamientos sobre la libertad de expresión en el contexto actual.
El planteamiento curatorial de Kalas Liebfried busca descentralizar el eje de la exposición, llevándola a ciudades del sureste europeo hasta 2028 e involucrando artistas y activistas locales en la definición de antifascismo como práctica en evolución. La exposición, que propone que “el trabajo (cultural) democrático es trabajo antifascista”, busca ampliar el engagement cívico a través del arte.
Sin embargo, este enfoque amplio plantea la pregunta de si se diluyen las especificidades ideológicas de la represión neofascista al adoptar una postura más generalizada. Con el aumento de autoritarismos en todo el mundo y la ambigüedad que esto conlleva, es evidente que los ecos de la exposición han generado reacciones locales por parte de entidades de extrema derecha, con informes críticos sobre la financiación estatal y la vigilancia policial en los alrededores de la muestra.
A medida que el contexto global sigue evolucionando, las lecciones del pasado continúan siendo necesarias, recordándonos que la lucha contra el extremismo y la opresión es un desafío contemporáneo que debe ser urgentemente abordado.
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