La noche del 29 de agosto de 1937, en medio de un verano marcado por la brutalidad de la Guerra Civil Española, Valencia se transformó en un escenario no solo de resistencia, sino de celebración cultural. En un contexto desgarrado por bombardeos fascistas, la compañía de teatro La Barraca, en su segunda etapa, se subió a las tablas de los jardines de Viveros para representar tres entremeses de Cervantes. Era un acto de resistencia cultural, un reto a la opresión que parecía amenazar la esencia misma del espíritu republicano.
La función se llevó a cabo casi dos años después del fusilamiento del reconocido poeta Federico García Lorca, y la revivificación del proyecto teatral que él había impulsado ofrecía un rayo de esperanza a una nación desangrada. La Barraca, compuesta por actores universitarios, buscaba no solo entretener, sino también educar a un público que, a pesar del horror que les rodeaba, se congregó en gran número para participar en esta experiencia artística. La fotografía del alemán Walter Reuter, que capturó el evento, ahora recuperada, ofrece un vistazo inédito a esa tarde en que más de un millar de personas se dejó llevar por el arte en medio del caos.
Los asistentes, de diferentes edades y condiciones, se reunieron en un ambiente de celebración entrelazado con la realidad de la guerra. Farolas iluminaban el espacio donde los actores, con su juventud y entusiasmo, daban vida a obras como La cueva de Salamanca, El retablo de las maravillas y Los dos habladores. Cada actuación era un llamado a la reflexión sobre las apariencias y el engaño, justo en un momento en que las propagandas bélicas dominaban la narrativa.
Las imágenes capturadas por Reuter son testigos de la diversidad del público: desde niños de rostro serio a mujeres que, a pesar de la tragedia, se dejaban llevar por el espectáculo. Era un retrato de resistencia y alegría frente a la adversidad. Un mes después de esa función, el escritor Juan Gil-Albert evocaría en una crónica la figura de Lorca y la fragilidad de la compañía, dejando entrever la impotencia y tristeza que tales momentos de arte podían inspirar en tiempos de guerra.
El contexto de la actuación era particularmente sombrío. Bombas caían del cielo, civiles se acercaban a refugios ya colapsados y los ecos de alarmas antiaéreas eran constantes. Sin embargo, la música de la Banda Municipal de Valencia entrelazaba los entremeses, evocando las grandes fiestas del pasado barroco español, lo que seguramente atrajo a la multitud en busca de un respiro en medio de tanta angustia.
Menos de un año después de esta emblemática actuación, Reuter se vería obligado a escapar a Francia. Durante décadas, sus fotografías de esta época permanecieron ocultas, guardadas en una lata de película, hasta que finalmente salieron a la luz a través de un proceso de catalogación. Hoy, esas 45 imágenes se consideran el reportaje fotográfico más extenso de un evento de La Barraca durante la guerra.
Con el tiempo, la historia de La Barraca y la figura de Federico García Lorca serían recordadas no solo como símbolos del arte en tiempos de guerra, sino como ejemplos de una lucha más amplia por preservar la cultura en medio del desasosiego. La tarde de aquel 29 de agosto de 1937 se convirtió, por tanto, en un hito de resistencia, donde el arte siempre encontrará una forma de florecer incluso en las circunstancias más adversas.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


