El 11 de marzo de 2026, Rafael Jiménez Asensio, catedrático de Derecho Constitucional, ofreció una perspectiva histórica sobre la longevidad y estabilidad de la Constitución de 1978, en el marco de la conmemoración del 150 aniversario de la Constitución de 1876. Su análisis, presentado en una jornada en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, se centra en la comparación entre estas dos experiencias constitucionales cruciales para España: la de la Restauración y la actual.
El profesor aborda la persistencia de problemas políticos y constitucionales, desafiando tópicos que, desde hace tiempo, han distorsionado la comprensión de la Monarquía liberal. Sin embargo, establece que es esencial ir más allá de las viejas narrativas que describen el sistema de Cánovas del Castillo como un “cartón piedra”, para reflexionar sobre cómo ese modelo pudo, durante medio siglo, ofrecer estabilidad en un contexto marcado por la guerra civil antes de 1874 y bajo presiones posteriores.
Se insiste en que la crítica a personajes como Galdós o Clarín no debe ser centrada en sus faltas, ya que, al fin y al cabo, su legado literario ha influido en la percepción pública. El análisis de Jiménez Asensio revela aciertos, como los paralelismos entre los momentos “constituyentes” de 1875-1876 y 1977-1978 en términos de modelo territorial y la organización judicial, aunque también expone errores significativos.
Uno de los principales retos de Jiménez Asensio es la contraposición entre liberalismos democráticos y doctrinarios. Él sugiere que la continuidad de la Constitución de 1876 es incompatible con la democratización de España, sin considerar que, en Europa, este proceso había tenido lugar en contextos similares, a menudo dentro de marcos constitucionales más restrictivos.
La distinción entre la soberanía nacional de 1978 y la “soberanía compartida” de 1876 es otro aspecto que merece atención. En 1876, se reconocía la soberanía del pueblo, mientras que la estructura de poder era más compleja, aprovechando la experiencia de las Cortes y del monarca, quien, lejos de ser un gobernante despótico, actuaba como un moderador en un sistema en el que el Gobierno tenía, en la práctica, la autoridad ejecutiva.
El desafío de reformar la Constitución de 1876 fue significativo, no porque el texto fuera inflexible, sino por la falta de un proyecto consensuado entre los actores políticos. Las reformas intentadas a partir de 1923 reflejaron más un estancamiento en la voluntad política que un defecto del marco constitucional.
Un error adicional de Jiménez Asensio es trivializar el papel del Parlamento de la Restauración al enfocarse en los fallos del sufragio censitario, que, en su momento, era un estándar europeo. Aunque el caciquismo creó ciertas distorsiones, la estabilidad política permitió la mejora de la limpieza electoral, una lección que conviene recordar en el contexto democrático actual.
Finalmente, Jiménez Asensio retrata los cambios de Gobierno durante la Restauración como mera “comedia”, cuando en realidad, estos eran el resultado de negociaciones complejas dentro de los partidos y el parlamento. La realidad política del momento, marcada por la seriedad y el respeto a las reglas, contrastó con la fragmentación que se empezó a sentir a partir de 1923.
A medida que avanzamos hacia una comprensión más profunda de los 150 años de la Constitución de 1876, es fundamental valorar las soluciones implementadas por sus autores. La experiencia de la Monarquía liberal en la Restauración puede ofrecer valiosas lecciones para afrontar los retos actuales. Bajo la Constitución de 1978, a medida que se presentan problemas que una vez creímos superados, reevaluar nuestro pasado podría ser la clave para el futuro, evitando así la perpetuación de nociones erróneas que oscurecen nuestra práctica democrática.
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