La Copa del Mundo de la FIFA ha recorrido un largo camino desde su inicio en 1930, un periodo que ha estado marcado tanto por la pasión por el fútbol como por complejas tramas políticas. Mientras Europa se adentraba en las llamas de la Segunda Guerra Mundial, la FIFA intentaba erigir un telón de neutralidad en torno a su evento estelar. Sin embargo, esta imagen de imparcialidad ha sido puesta a prueba en varias ocasiones y, en ocasiones, ha mostrado su flexibilidad en un mundo donde el poder y la política juegan un papel crucial.
Recordemos que el Mundial de 1942, que Alemania esperaba albergar, fue anulado mientras el continente se enfrentaba a la devastación. Ottorino Barassi, vicepresidente de FIFA en aquellos días, tomó medidas extraordinarias al esconder el trofeo Jules Rimet para evitar que cayera en manos del régimen nazi. Este episodio es solo un reflejo de cómo la FIFA ha navegado los tensos mares de la política internacional, a menudo utilizando su neutralidad como un manto para ocultar decisiones más complejas.
Las realidades geopolíticas de las últimas décadas han demostrado que la neutralidad de la FIFA es, en el mejor de los casos, ambigua. En 2022, tras la invasión de Ucrania, la FIFA suspendió a las selecciones y clubes de Rusia de los eventos internacionales, una decisión que transgredió las fronteras de lo que tradicionalmente se había considerado un problema estrictamente deportivo. Esta actuación anticipó una respuesta que en otros solos casos, como el aislamiento de Sudáfrica por el apartheid, requería un mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
La FIFA también ha influido en los eventos dentro de la cancha de manera más sutil. Durante el Mundial de Inglaterra en 1966, Brasil y Uruguay se sintieron perjudicados por decisiones arbitrales en partidos decisivos, dejando la sospecha de que había una manipulación detrás de escena para favorecer a los equipos europeos. Igualmente, en el Mundial de 1978, el régimen argentino vio en la Copa una oportunidad para enmascarar sus atrocidades al mundo, incluso presionando a la selección peruana en un polémico partido que culminó en una victoria decisiva para Argentina.
A medida que la FIFA se adapta a nuevas realidades comerciales, se enfrenta a acusaciones de que está transformando el fútbol en un producto global, más que en un verdadero juego del pueblo. La Copa del Mundo de 2026, que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá, promete ser la más expansiva y costosa. Aunque se anuncie como un evento inclusivo con 48 selecciones y 104 partidos, también plantea preguntas sobre el precio de las entradas y la disponibilidad para los aficionados comunes.
Los horarios y costumbres de este Mundial reflejan una estrategia de comercialización que podría alienar a los verdaderos apasionados del fútbol. Los costos de los boletos—con precios que alcanzan hasta varios miles de dólares para la final—y la creciente corporatización del ambiente del estadio crean un escenario donde el fervor popular podría verse ahogado. La experiencia tradicional de la Copa puede convertirse en una serie de eventos donde la energía del público se debilita, convirtiendo lo que alguna vez fue una celebración vibrante en algo más parecido a una reunión corporativa.
En México, la situación es aún más compleja. Mientras el país se prepara para recibir al mundo con una imagen de alegría y hospitalidad, la realidad social oculta una nación marcada por la violencia y la desaparición de miles de personas. La narrativa oficial de la Copa presenta una fiesta bulliciosa en un entorno donde la tristeza y el luto coexisten a la sombra del evento.
Este Mundial, que también surge en un contexto de tensiones migratorias y desigualdad en la región, no solo será un torneo deportivo, sino un microcosmos de las contradicciones que enfrenta actualmente el continente. La FIFA, como guardiana de este evento, continuará sosteniendo la premisa de que el fútbol trae felicidad, pero nos deja con una pregunta fundamental: ¿a quién pertenece realmente esa felicidad, a qué costo, y sobre qué silencios se construye?
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