A lo largo de la historia, las oportunidades a menudo se construyen lentamente, pero hay momentos en que circunstancias fortuitas pueden definir el futuro de un país. México se encontró en tal encrucijada en los últimos años. En un momento en que Estados Unidos empezaba a percibir que la dependencia de China para la manufactura podía representar una vulnerabilidad estratégica, al sur de su frontera hay un país de 130 millones de habitantes, con un tratado comercial que integra la economía regional y una base manufacturera robusta, además de acceso a dos océanos.
En medio de una nueva Guerra Fría entre Washington y Beijing, México podría haberse convertido en una plataforma industrial y tecnológica del siglo XXI. Sin embargo, la pregunta que persiste, casi ocho años después, es: ¿por qué no supimos aprovechar esta singular oportunidad?
La llegada de la inteligencia artificial (IA) intensificó la urgencia en este contexto. Este fenómeno, que puede parecer etéreo, requiere una infraestructura física muy concreta: semiconductores, centros de datos, plantas eléctricas, redes de transmisión, y miles de proveedores para nutrir esta nueva revolución industrial. Estados Unidos se encuentra en la necesidad de construir este ecosistema fuera de China y, por razones de seguridad, cada vez más cerca de su propia frontera. Pocos países estaban tan bien posicionados como México para convertirse en una extensión industrial y energética vital en esta transformación. Contamos con la infraestructura necesaria, talento humano y décadas de integración productiva.
Sin embargo, en vez de aprovechar esta coyuntura, el gobierno mexicano eligió un rumbo opuesto, alineándose con naciones como Cuba, Venezuela y Nicaragua, y alejándose de una colaboración efectiva con Estados Unidos. La decisión de López Obrador de ausentarse de la Cumbre de las Américas en 2022, por no haber invitado a estos gobiernos, simboliza este cambio en la dirección política. La postura frente a Rusia, que incluía rechazar la presión occidental mientras se apoyaba el cuestionamiento a la ayuda militar destinada a Ucrania, también refleja una tendencia hacia la distancia con aliados tradicionales.
Internamente, las decisiones económicas tampoco acompañaron esta búsqueda de cercanía. Con un cambio de reglas en el sector energético y la cancelación del aeropuerto de Texcoco, el país levantó barreras que afectaron la inversión privada en sectores críticos. A su vez, se eliminaron organismos reguladores fundamentales y se transformó el Poder Judicial, debilitando las instituciones esenciales para un crecimiento sostenible.
La crisis de seguridad se sumó a este escenario complejo. Con una política de “abrazos, no balazos”, las organizaciones criminales lograron expandir su control, debilitando el Estado y su capacidad de respuesta. Esto resultó en un entorno donde no solamente estaba ausente el crecimiento, sino que las certezas económicas y sociales que necesitábamos se desvanecían.
Imaginémonos un México diferente, uno que hubiera comprendido a tiempo la oportunidad que se le ofrecía. Un país donde el aeropuerto de Texcoco estaría operando como la principal puerta de carga de América Latina, o donde Monterrey y Ciudad Juárez funcionarían como centros neurálgicos de manufactura para la industria de la inteligencia artificial. Un entorno donde la política energética se alineara a esta transformación, multiplicando la capacidad de generación y transmisión eléctrica.
Los costos de no haber tomado estas decisiones se evidencian en el magro crecimiento de la economía, que apenas llegó al 0.6% en 2025 y se proyecta en un modesto 1.2% para 2026. Esta diferencia, que en un primer vistazo parece pequeña, es en realidad monumental. Una economía que crece al 5% se expande significativamente, mientras que un crecimiento del 1.2% resulta en un futuro económico limitado.
La buena noticia es que parte de esta modernización podría incluso haberse financiado sin necesidad de incrementar el presupuesto nacional. Para 2025, Estados Unidos ya era el principal origen de inversión extranjera directa en México, lo que indicaba la oportunidad de atraer aún más capital y tecnología, particularmente cuando el mundo se redefine ante una nueva dinámica de alianzas.
No sólo eso, México podría haberse establecido como un socio indispensable en la nueva Guerra Fría, dejando de ser una periferia para convertirse en un actor central en el nuevo orden económico. Mientras otros países de América Latina modifican sus alianzas y vuelven a acercarse a Washington, México parece quedar atrapado en una ideología que le limita en el contexto actual, ignorando el camino hacia una integración más profunda.
El mapa político regional está cambiando, y con él, la influencia de México podría disminuir si no se actúa con visión de futuro. La historia, raramente, ofrece la misma oportunidad dos veces. A pesar de su geografía privilegiada y la oportunidad inigualable que presenta su cercanía con Estados Unidos, la falta de acción podría llevar a que las fábricas y los centros de datos busquen otros destinos. En el análisis retrospectivo, podríamos descubrir que hubo una posibilidad de transformación monumental, y la dejamos escapar.
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