Hablemos de dos países que comparten una frontera y, a la vez, caminos políticos sinuosos. Uno de ellos es un gigante global, venerado como el bastión de la democracia; el otro es un país con vastos recursos que aún lidia con profundas desigualdades y que ha sido un actor reciente en el escenario de la democracia liberal. Aunque sus historias son diferentes, se entrelazan en la figura de líderes autoritarios y electores guiados por ilusiones, racismo, esperanza o ignorancia, que los han elevado al poder.
En estos tiempos, México y Estados Unidos enfrentan situaciones que evocan el “incendio del Reichstag”. Este incidente emblemático, que ocurrió el 27 de febrero de 1933, fue instrumental para que los nazis acusaran al Partido Comunista de conspiración contra el Gobierno, marcando un momento crucial en el establecimiento del régimen totalitario en Alemania. Adolf Hitler, entonces Canciller, se aprovechó de este evento para convencer al presidente Paul von Hindenburg de la necesidad de suspender libertades civiles, lo que desató una cacería que afectó a comunistas, judíos y a cualquier disidente.
Similarmente, el presidente de México ha tomado caminos que recuerdan este episodio histórico. Ha atacado a los partidos de oposición, responsabilizándolos de lo que él considera un “desastre”. Su estrategia ha extendido el asedio a medios de comunicación, órganos autónomos y al Poder Judicial. Un momento culminante de su gestión se dio el 1° de junio, cuando se llevaron a cabo elecciones cuestionadas que dejaron muchas preguntas en el aire.
Por su parte, el presidente de Estados Unidos también ha seguido un camino paralelo, al transformar a los migrantes en enemigos en un supuesto escenario de invasión. Sus discursos evocan un llamado a la defensa patriótica que despierta temores y divisiones. Sus acciones, a menudo cuestionadas, buscan legitimar el uso de la fuerza contra quienes se encuentran en el proceso de regularizar su estatus.
Las imágenes de conflictos en ciudades estadounidenses han alimentado la narrativa de una “invasión”, llevando a la retórica de líderes políticos a puntos extremos. Denuncias de corrupción y amenazas al orden público han sembrado la desconfianza y la confrontación en la sociedad.
No obstante, desde las sombras de esta retórica divisiva, ha emergido un movimiento de resistencia en Estados Unidos. Universidades, empresarios, migrantes, colectivos LGBTQ+, y ciudadanos de diversos sectores han comenzado a unirse. Se están preparando para una manifestación monumental el 14 de junio, con la consigna “No Kings”. Este acto se prevé como una de las movilizaciones más extensas en un solo día, dirigidas a evidenciar un rechazo unificado a los abusos de poder y al deterioro de los derechos civiles.
El movimiento, denominado 50501, simboliza la unión de 50 protestas en 50 estados. Su mensaje es claro: la corrupción ha llegado lejos, y es momento de actuar. Los organizadores han enfatizado la importancia de mantener el carácter no violento de las manifestaciones, instando a los participantes a evitar cualquier confrontación que pudiera ser utilizada como excusa para reprimir la protesta pacífica.
De esta manera, mientras algunos luchan por defender sus democracias de posibles “incendios”, en otras latitudes parece necesario un despertar que evite el deslizamiento hacia el autoritarismo. La tarea de frenar a los líderes que amenazan el tejido democrático y los derechos ciudadanos es un desafío que trasciende fronteras, y reitera que la defensa de la libertad es un esfuerzo conjunto.
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