Este domingo se conmemora el centenario del nacimiento de Miguel León-Portilla, una figura fundamental en la reivindicación de la identidad mexicana a través de su enfoque en la idiosincrasia prehispánica. Su legado impulsó un cambio significativo en la manera de interpretar la historia de México, particularmente el evento que tradicionalmente se conocía como el “Descubrimiento de América”, que él ayudó a reformular como un “Encuentro entre dos mundos”.
León-Portilla consideraba que Mesoamérica representaba “uno de los flujos civilizatorios más interesantes de la humanidad, totalmente autónomos”. Su fuerte conexión con el pensamiento indígena se refleja en su dedicación a traducir y promover las obras de los nahuatlatos, un linaje que lo unía a grandes figuras como Bernardino de Sahagún y Ángel María Garibay. Su obra más conocida, “Visión de los vencidos”, sigue siendo un referente en la educación y la cultura mexicana.
El recuerdo de León-Portilla perdura en la memoria colectiva de México, especialmente tras el emotivo homenaje que se le rindió en el Palacio de Bellas Artes después de su fallecimiento el 1 de octubre de 2019. Durante este acto, un grupo de concheros realizó una guardia de honor, utilizando estelas de incienso y penachos, simbolizando el profundo respeto y gratitud que gran parte del pueblo mexicano siente hacia su figura.
En su vida cotidiana, León-Portilla era descrito como una persona sencilla. Según su viuda, Ascensión Hernández Triviño, él se levantaba temprano para leer, especialmente los escritos de cronistas españoles, dedicando horas a su estudio antes de comenzar su jornada en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Su dedicación era tal que prefería trabajar en sus textos antes de atender visitas y llamadas, reflejando una profunda pasión por su labor académica.
El romance entre León-Portilla y Hernández Triviño empezó de manera epistolar durante el Congreso Internacional de Americanistas de 1964 en España. La comunicación fluía a través de cartas, en un tiempo donde las llamadas eran complicadas de realizar. Esta conexión se transformó en un compromiso en 1965, cuando decidieron casarse, y, a pesar de no conocer México, la familia de Ascensión había establecido lazos con el país antes de su llegada.
León-Portilla también ocupó el cargo de Cronista de la Ciudad de México entre 1974 y 1975, una experiencia que decidió dejar por no ajustarse a su estilo de vida enfocado en la investigación y la escritura. Durante su carrera, recibió numerosos reconocimientos, como el Premio Nacional de Ciencias y Artes y la Medalla Belisario Domínguez. Su legado académico es inmenso, con doctorados honorarios por diversas universidades alrededor del mundo, destacándose la UNAM, donde realizó su doctorado en filosofía.
Curiosamente, en una ocasión se le propuso cambiar el nombre de su calle a su favor, pero él se negó, prefiriendo que la vía mantuviera el nombre de Alberto Zamora, un franciscano conocido por su santidad. Esta anécdota subraya su humildad y apego a la historia que lo rodeaba.
Para conmemorar su legado, se han publicitado dos libros: “Tlamatini Homenaje a Miguel León-Portilla”, una obra colectiva que explora su vida y su impacto, y otra que compila su pensamiento y texto crítico, prometiendo mantener viva su memoria y contribuciones para las futuras generaciones. Este 2026, el centenario de su nacimiento se convierte en una oportunidad para reflexionar sobre su legado y su influencia en la cultura mexicana.
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