En un mundo marcado por el ascenso de la ultraderecha, resulta sorprendente observar cómo algunos políticos logran cultivar empatía en sectores significativos de la población. Esta tendencia no se limita a ofrecer soluciones a problemas complejos, sino que, tristemente, a menudo se traduce en la promoción de una cultura de eliminación.
La noción de abordar el narcotráfico mediante la eliminación directa —como si la simple intervención militar pudiera erradicar un problema tan arraigado— pone de manifiesto una renuncia a los principios democráticos que abogan por un sistema de justicia justo y equitativo. Sin embargo, la realidad demuestra que tales enfoques no sólo son ineficaces, sino que, además, simplifican una cuestión que requiere una profunda comprensión de sus raíces.
Es fundamental reconocer que el poder absoluto es, en última instancia, una ilusión. La complejidad del narcotráfico es alimentada por factores económicos y sociales que no desaparecen por decreto. La idea de que se puede acabar con el consumo de drogas simplemente prohibiéndolo es, en el mejor de los casos, ingenua. La cadena que lleva a una pastilla de fentanilo a su consumidor final es mucho más extensa y compleja que la imagen simplificada de la detención de unos “malos” en un laboratorio.
Para abordar esta problemática, es vital fomentar un diálogo abierto sobre cuestiones fundamentales: ¿Por qué se consume? ¿Cuáles son las conexiones entre el consumo de drogas y la desigualdad económica? ¿Qué papel juegan las empresas legales en la financiación del narcotráfico? Estas y otras preguntas críticas son esenciales para comprender un fenómeno que no se limita a la mera criminalización.
El panorama político en Colombia añade otra capa de complejidad. A medida que se observa un regreso a posturas más conservadoras, es esencial que las voces de la izquierda se cuestionen y se preparen para enfrentar nuevos retos. La migración de democracias representativas hacia modelos más participativos es un proceso arduo que exige consensos en búsqueda de paz y justicia. Es fundamental que estas discusiones se fraguén en un ambiente de respeto y amor por el diálogo.
La narrativa ultraderechista, que vende seguridad como si fuera un producto milagroso, encierra una gran falsedad. La auténtica seguridad se construye a través de la cohesión social, donde cada individuo es digno y valorado. Es en el espacio público, en los encuentros deportivos y culturales, donde las comunidades pueden fortalecer su tejido social y encontrar su voz colectiva.
Es imperativo que nos acerquemos y reconozcamos la importancia de lo común. Cuidarnos unas a otros no solo fomenta la inclusión, sino que también fortalece nuestra capacidad para abordar retos complejos. Al final, la verdadera seguridad radica en la dignidad y el bienestar de todas las personas.
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