A diferencia de los amantes, no tienen pasado; a diferencia de los matrimonios, no tienen futuro. Esto es lo que sienten muchos de los 74 países con ingresos más bajos del mundo. Este año deben devolver unos 35.000 millones de dólares (31.700 millones de euros), según datos del Banco Mundial, en préstamos. Un 45% más que en 2020 (últimos datos disponibles). Una utopía.
La mañana oscurece. Inflación elevada. Crecimiento lento. Endurecimiento de las condiciones financieras. Mientras las “cuentas” del planeta tienen la fragilidad de una porcelana resquebrajada. En los dos últimos años, el G20 ha intentado rebajar la presión. En abril de 2020, las grandes economías acordaron —utilizando la Iniciativa de Suspensión del Servicio de Deuda, DSSI por sus siglas en inglés— retrasar el abono de 20.000 millones de dólares que debían esos 74 países. El sosiego se prorrogó hasta finales de 2021. Pero solo 42 pudieron devolver 12.700 millones.
“Aunque hasta ahora se ha evitado una crisis sistémica de la deuda, no puede excluirse totalmente”, alerta un portavoz del Fondo Monetario Internacional (FMI). “Hay que admitir y abordar pronto los problemas”. El G20 ha creado el Common Framework for Debt Treatments. Este “marco común” obliga a los países participantes a acordar los términos con los acreedores bilaterales (gobiernos) y el FMI, y luego asegurar el alivio de la deuda de los prestamistas privados. Solo Zambia, Etiopia y Chad han iniciado conversaciones. Resulta como levantar la mano y admitir: “Tengo serios problemas”. Si lo hacen saben que el castigo del sector privado es seguro. “Hay que vigilar las circunstancias únicas de cada país”, avisa Shaniel Ramjee, gestor del fondo Pictet Emerging Markets Multi Asset. Nadie presta gratis.
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