A medida que nos adentramos en un nuevo y desafiante panorama global, es evidente que el orden económico internacional establecido desde 1944 ha llegado a su fin. El primer ministro canadiense, Mark Carney, lo describió como una “ruptura, no una transición”. Este cambio radical plantea interrogantes sobre el futuro de las relaciones internacionales y económicas.
El sistema de Bretton Woods, que alguna vez funcionó como un pilar de estabilidad, ha mostrado su fragilidad desde la crisis financiera de 2008. La pandemia del COVID-19 exacerbó esta situación, poniendo en evidencia la incapacidad de este sistema para gestionar las consecuencias desiguales de la crisis sanitaria global. Lo más preocupante es que, al abandonar su papel como ancla del sistema, Estados Unidos ha contribuido a una desintegración irreversible del orden global.
En el ámbito del comercio, las dinámicas no regresarán a su anterior nivel de apertura. La economía china, que en 2025 logró un superávit comercial que superó el billón de dólares, ha solidificado su posición como la principal potencia manufacturera, responsables del 35% de la producción mundial. Esto se ha visto acompañado por el aumento de aranceles impuestos por la administración Trump, que han alcanzado niveles no vistos desde la década de 1930, generando proyecciones de ingresos que podrían oscilar entre 2 y 3 billones de dólares en la próxima década.
La retirada de Estados Unidos de organizaciones internacionales ha vulnerado aún más el tejido de la cooperación global. La distinción entre intereses individuales y públicos se ha diluido, lo que pone en riesgo la integridad de instituciones que alguna vez fueron consideradas impartiales. Reconstruir este orden requerirá tiempo y esfuerzo, y no será suficiente con simples declaraciones.
Sin embargo, la buena noticia es que la gobernanza global todavía es posible, aunque deberá adoptar un enfoque más modesto. En lugar de un sistema único que priorice mercados abiertos y la primacía del dólar, podría emerger un modelo de “condominio”, donde las naciones colaboren en normativas que respeten las particularidades nacionales, al tiempo que prohíban acciones perjudiciales para otros.
El marco propuesto por el economista Dani Rodrik podría ofrecer una solución valiosa. Este esquema busca limitar las políticas perjudiciales y proteger los bienes comunes globales, mientras permite una diversidad nacional. Si se implementa adecuadamente, podría descartar aquellas políticas que desestabilicen el sistema financiero global o que pongan en riesgo la cooperación climática.
El mayor desafío, sin embargo, radica en la implementación de estas nuevas normas. Con un Estados Unidos que se muestra ausente, surge la pregunta: ¿quién establecerá y hará cumplir estas reglas? Este vacío presenta una oportunidad, especialmente para las potencias medias y Europa.
La situación actual del sistema monetario internacional también encierra complejidades. A pesar de la resistencia del dólar, su posición como moneda dominante está bajo amenaza, dada la creciente deuda pública estadounidense y la fragmentación del comercio global. Mientras tanto, la expansión del renminbi y del euro puede ser una respuesta a la inestabilidad del dólar, siempre que Europa esté dispuesta a respaldar esta iniciativa.
Los líderes europeos, conscientes de la fragmentación del orden global, han respondido con una mezcla de cautela y vacilación. En lugar de confrontar la situación, la UE ha aceptado el arancel estadounidense del 15% sobre productos europeos. Sin embargo, la inacción no es una estrategia viable. Las propuestas de reforma en la Organización Mundial del Comercio y otras entidades siguen siendo insuficientes y carecen de una estrategia coherente respecto a China.
La clave para una mayor autonomía económica y tecnológica no reside en un retroceso hacia la desglobalización, sino en el desarrollo de un enfoque que permita a las naciones participar en un mundo fragmentado. Una coalición de países dispuestos a comprometerse con una agenda común puede ser esencial para restaurar el orden y garantizar un futuro más cooperativo.
La responsabilidad ahora recae en Europa y las potencias medias para liderar este esfuerzo, asegurándose de que el futuro no se vea marcado por el caos, sino por un nuevo orden basado en reglas que reflejen las realidades de un mundo en transformación. En este sentido, Carney tiene razón: lo que se requiere es una coalición de países que actúen como guardianes de un nuevo sistema más justo y sostenible.
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