Estar vivo implica recibir periódicamente la visita de una idea que probablemente nos asaltó el día que perdimos el interés por nuestro primer juguete: “Estoy muy mayor para esto”. Los ecos de esta frase acompañarán en cada nueva etapa: cuando abandonemos una costumbre o rechacemos una nueva actividad porque creemos que no encaja con nuestra edad y cada vez que juzguemos a los demás de acuerdo con estas ideas. Hanna Kottl e Ittay Mannheim investigadores del proyecto transeuropeo Euroageism, centrado en el análisis del edadismo (estereotipos, prejuicios y discriminación basados en la edad), han estudiado sus efectos en el desarrollo de la tecnología y el modo en que los colectivos más mayores se relacionan con ella. Y advierten que nos estamos equivocando.
“Hay una muy fuerte asociación entre el envejecimiento y la idea de ser menos capaz física y cognitivamente competentes para usar la tecnología”, señala Mannheim. Esto determina el modo en que se desarrollan productos y servicios en el contexto de la edad, con una amplia mayoría de propuestas de la llamada agetech centradas en la salud y los cuidados. Pero también excluye a los más mayores del proceso de diseño de los sistemas que supuestamente están pensados para incluirles. “Normalmente se les consulta en la fase de evaluación, cuando ya hay un prototipo y no hay mucho que puedan cambiar”.
Roger Guasch, director ejecutivo de Berdac, una startup que desarrolla sistemas de gestión medicación, identifica problemas parecidos: “Muchas veces infantilizamos a la gente mayor y olvidamos que ellos son los primeros que se han adaptado a un montón de cambios; de la radio a la televisión de la televisión al ordenador, del ordenador a internet…”.
Esta idea deformada de las implicaciones de la edad desemboca en errores como el “móvil de pensionista”. Estos teléfonos, caracterizados limitarse a permitir llamadas e incorporar teclados de gran tamaño, se presentan como una vía de inclusión, pero en muchos casos logran precisamente lo contrario: les impiden el acceso a tecnologías contemporáneas básicas. “En nuestra investigación hemos visto que la gente no quiere tener productos desarrollados específicamente para ellos. Quieren usar lo mismo que todo el mundo. Las personas mayores ven el teléfono de pensionista como un estigma porque nuestra sociedad asocia el envejecimiento con cosas negativas”, precisa Kottl.
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