Su creador habría sido Erwin Perzy, un mecánico de instrumentos quirúrgicos radicado en Viena. Y como suele ser habitual en estos casos, el “descubrimiento” surgió por accidente. Hacía poco tiempo que Thomas A. Edison había inventado recientemente la bombilla. Perzy estaba colaborando con un cirujano para encontrar la manera de que las bombillas que él había instalado en su quirófano dieran una luz más brillante.
El legado continuo por muchos años
Con modificaciones y perfeccionado la técnica, l legado llego hasta Perzy III está orgulloso de evocar a su abuelo y a su padre, que fue quien tras la II Guerra Mundial experimentó con nuevos diseños e incorporó árboles de Navidad, Papá Noel y muñecos de nieve, los tres motivos que siguen triunfando hoy, y quien también introdujo un nuevo material para la nieve artificial que sigue siendo el secreto mejor guardado de la compañía. Igual de orgulloso como de anunciar que será su hija, Sabine Perzy, quien tomará su relevo cuando él se jubile y quien liderará la cuarta generación Perzy al frente del negocio. A día de hoy la empresa suma 350 diseños en su gama estándar, pero los clientes también pueden personalizar sus órdenes. De hecho, los encargos a medida representan el 20% de las ventas. Producen más de 200.000 unidades al año y resisten con humor y soltura el embiste de las infinitas imitaciones y la piratería.
Aquí se reivindica la exclusividad: estos globos de nieve están pintados y montados a mano. La cubierta, además, aún está hecha de vidrio en lugar de plástico. Existen distintos tamaños. Perzy III asegura que lo que más le conmueve es observar a niños manipular las bombillas solo por el placer instantáneo de ver la caída lenta de la nieve y destaca el milagro de que siga gustando un juguete que no tiene batería, ni pilas, ni se enchufa, ni hace ruido, ni tiene superhéroes que se persiguen, y en cuyo interior no se pelea contra nadie. Y es que cada simple bola de nieve, cada interior nevado, refleja y remite a un pequeño mundo ideal en el que, francamente, se está muy bien. “La invención de mi abuelo ha dado mucha alegría y deleite a millones de personas y ahora es buscado por coleccionistas de todo el mundo”, explica a país. “El emperador Francisco José I le concedió con orgullo un premio especial por sus diseños como juguetero. Hoy seguimos produciendo el globo de nieve completamente a mano y, al igual que las creaciones de mi abuelo, no importa si producimos uno o miles, cada pieza es tan única como un copo de nieve”, añade.
Se siente el peso y la responsabilidad de la tradición. “Para mí, tradición significa retomar el trabajo y las ideas de mis padres y abuelos y ayudar a mis hijos a tener éxito en el futuro”, asegura Erwin Perzy III. En una vitrina se descubren fotos con Obama y George Clooney: “Hemos diseñado globos de nieve especiales para muchas celebridades”, añade. Y recuerda: “Se han hecho diseños personalizados de globos de nieve para los presidentes Reagan, Clinton —el suyo medía 120 milímetros sobre una base de plata maciza y contenía el confeti original que se lanzó en su fiesta de investidura— y Obama, o la reina Margarita de Dinamarca”.
Es bien sabido que por estas fechas en Viena brilla el espíritu navideño en los clásicos mercados de Adviento, con su excedente de actividades que van más allá del glühwein (vino caliente especiado) o del kartoffelpuffer (deliciosos panqueques de patata rallada y frita). En la clásica juguetería Bannert, en la transacción de árboles que tiene lugar en plazas y calles de sus 23 distritos, en las miradas de los niños que esperan la generosidad del Christkind (por aquí no pasa Papá Noel, sino el niño Jesús) o incluso en la rimbombante tienda Manner de Stephansplatz, donde uno puede encontrar todas las versiones imaginables y no imaginables de la wafer más tradicional de Austria, la napolitana que encandila a viajeros prácticamente desde que Josef Manner la fundara en 1890.
Cuando hay una bola de nieve en cuyo interior aparece el inconfundible envoltorio rosa de la napolitana Manner da por pensar que no se puede hallar souvenir más autóctono. Para encontrar algo más vienés habría que recurrir a Joseph Haydn, Otto Wagner, el joven Billy Wilder o al schnitzel, lo que nunca es mala idea. Claro, por algo decía Freud, quien tanto pensó en Viena, que solo la cultura podía defender a la civilización del impulso.
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