La intersección entre el arte y la tecnología ha dado lugar a un debate candente en el mundo contemporáneo, especialmente ante la alarmante práctica de algunas empresas tecnológicas, como Anthropic, de adquirir millones de libros solo para destruirlos. En el marco de su iniciativa conocida como Project Panama, se ha revelado que la empresa ha estado escaneando libros, incluso antiguos y de edición limitada, para alimentar sus modelos de inteligencia artificial y, posteriormente, triturando los originales. Este acto ha levantado preocupaciones entre artistas y amantes de la literatura por la pérdida irreversible de obras impresas valiosas.
Hoy en día, artistas como Jess y Carol Bove han demostrado que la investigación en libros y textos antiguos es fundamental para su creación. Desde las colchas de Jess hasta las primeras assemblages de Bove, queda claro que muchas obras se nutren de la literatura y la historia. En gran medida, los artistas han sido capaces de extraer inspiración de estos libros, generando un tipo de arte que trasciende el simple valor visual, al convertir aspectos del pasado en nuevas narrativas.
Sin embargo, el contraste que se presenta es alarmante. Reportes recientes indican que la demanda por libros usados y raros ha aumentado, con sospechas de que las empresas de inteligencia artificial están detrás de estas compras para destruir los libros. Un caso en particular expuso una práctica inquietante: empresas comprando libros, despojando sus encuadernaciones, escaneando sus páginas y destruyéndolos, todo en nombre de la creación de modelos más avanzados de lenguaje.
Susan Benne, directora ejecutiva de la Asociación de Libros Antiguos de América, ha subrayado que no son solo las empresas tecnológicas las que destruyen libros. Las editoriales a menudo estiman mal la demanda, lo que resulta en la producción excesiva y el pulpeo de libros que no logran vender. Esto encuadra el debate en una dicotomía más amplia sobre el valor de lo que se considera “raro” en el mundo de la literatura, con Benne señalando que este término tiene significados distintos en el contexto comercial que en el general.
Artistas contemporáneos también han compartido sus pensamientos. Pablo Helguera, quien ha utilizado libros desechados en collages, menciona que el arte y la tecnología han coexistido previamente sin eliminar uno al otro. En este sentido, se recuerda que, aunque muchos ven la digitalización como una salvación, es vital considerar cómo la destrucción de libros también puede tener repercusiones creativas.
Este desasosiego ha encontrado resonancia en voces como las de los artistas Harold Ancart y Oliver Wasow. Ancart, aludiendo a su obra “Ark”, que involucraba un libro fuera de impresión sobre el zoológico de Praga, resalta la ironía de la destrucción de libros bajo el pretexto de la progresiva digitalización, argumentando que la preservación de la historia y la cultura debería ser nuestra prioridad. Por su parte, Wasow, aunque defensor de los medios digitales, reconoce que la coexistencia entre el mundo físico y el virtual es un aspecto esencial de nuestra evolución cultural.
El artista Paul Chan, con una trayectoria que incluye la creación de libros, ha planteado que el miedo a perder el formato libro no es algo nuevo, recordando cómo el surgimiento de la imprenta de Gutenberg generó paralelismos similares. Asegura que, aunque cambiará la forma de interactuar con la literatura, los valores de lectura y creación siempre encontrarán su camino, incluso a medida que la tecnología evolucione.
La discusión sobre la destrucción de libros lleva a cuestionar cómo equilibrar la innovación tecnológica con la preservación del patrimonio literario. Los relatos de artistas que han destruido libros por diversas razones contrastan con el hecho de que muchos lo hacen por motivos creativos o de espacio, sin perder de vista que este tipo de destrucción se gestiona de forma selectiva y consciente.
En un tiempo en que la práctica artística y la inteligencia artificial convergen, es imperativo que la comunidad se mantenga alerta. Los peligros de privatizar el conocimiento a expensas de la cultura son una preocupación válida y deben ser parte del discurso crítico que rodea la creación artística contemporánea. La historia de la literatura y el arte sugiere que, en medio de la transformación tecnológica, es vital proteger y valorar la riqueza del pasado, al mismo tiempo que se navega hacia el futuro.
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