La inteligencia artificial (IA) se está estableciendo no solo como una herramienta que optimiza procesos, sino como un nuevo tipo de capital que reconfigura las estructuras sociales, económicas y culturales de nuestras sociedades. Este cambio de perspectiva es crucial para entender su impacto, que va más allá de una mera funcionalidad técnica: la IA actúa como una infraestructura algorítmica que transforma el acceso al conocimiento, la toma de decisiones y el sentido común.
Pierre Bourdieu, sociólogo francés, proporciona un marco conceptual útil para comprender cómo se produce y circula el poder en este nuevo entorno. La IA tiene el potencial de acelerar, concentrar o incluso erosionar diferentes tipos de capital: económico, cultural, social y simbólico. Esto no solo reconfigura las reglas del juego social, sino que también resalta la necesidad de considerar nuevas formas de capital, como el capital cognitivo y ético.
El capital cognitivo se destaca como uno de los aportes más evidentes de la IA. Las capacidades actuales de procesamiento de datos permiten a los sistemas gestionar billones de parámetros, ayudando a convertir datos en conocimiento utilizable. Según un informe de IBM, el 90 % de los datos generados en el mundo ha sido producido en los últimos dos años, con la IA como su principal herramienta de transformación. Sin embargo, el acceso a este capital cognitivo no es equitativo. Depende de factores como el acceso tecnológico y la alfabetización digital, lo que crea una brecha entre quienes pueden interactuar críticamente con la IA y aquellos que quedan relegados a un consumo pasivo de información.
En términos económicos, la IA se ha posicionado como un motor de productividad global, estimando McKinsey que podría aportar entre 2.6 y 4.4 billones de dólares anuales a la economía mundial. Pero esta riqueza está concentrada en pocas naciones: más del 70 % de la inversión en IA se concentra en Estados Unidos y China, dejando a América Latina con menos del 3 %. Así, surge la pregunta no solo sobre la generación de riqueza, sino sobre quién se beneficia y cómo.
El capital social también se ve transformado por la IA. Aunque tradicionalmente se considera un conjunto de redes y relaciones, la IA se inserta en plataformas digitales, actuando como una infraestructura que regula la visibilidad y la atención. Sin embargo, su papel es opaco, ya que puede silenciar voces y definir qué discourses predominan, como señala un estudio de la OECD.
En el ámbito cultural, la IA presenta una ambivalencia. Puede ayudar a preservar patrimonios y facilitar montones de acceso a datos culturalizados, pero también corre el riesgo de homogeneizar la expresión cultural, centrándose en narrativas dominantes. En el arte, actúa como un catalizador de creatividad, pero nunca sustituye la experiencia humana.
El capital simbólico, que incluye confianza y legitimidad, se ve también amenazado en la era algorítmica. Encuestas revelan que solo el 52 % de las personas confía en las empresas tecnológicas para desarrollar una IA ética. El capital ético, basado en la transparencia y la rendición de cuentas, se convierte en un requerimiento esencial para fomentar la confianza en la IA.
Del mismo modo, la IA afecta el capital espiritual y reflexivo, al simular interacciones humanas y cuestionar qué significa realmente ser humano. Plantear preguntas sobre el sentido y el valor de la experiencia es esencial mientras avanzamos en esta nueva era.
En América Latina, las brechas son aún más pronunciadas. Según la CEPAL, más del 40 % de la población carece de competencias digitales avanzadas, lo que limita la apropiación del capital cognitivo que la IA puede ofrecer. Si bien México está avanzando en la adopción tecnológica, aún enfrenta desigualdades significativas.
Para abordar estos desafíos, es fundamental implementar estrategias integrales que incluyan inversión en educación, colaboración entre universidades y el sector productivo, y desarrollo de capacidades locales en investigación tecnológica. La clave es no solo importar tecnología, sino también resignificarla de acuerdo con el contexto local.
En definitiva, la inteligencia artificial es más que una herramienta; es una mediación estructural que redefine los capitales y las posibilidades de nuestras sociedades. Comprendida a través de esta lógica de múltiples capitales, se nos ofrece la oportunidad de construir una sociedad que valore a sus miembros y su entorno en este nuevo ecosistema algorítmico. La cuestión esencial no es lo que la IA puede hacer por nosotros, sino qué tipo de sociedad estamos dispuestos a crear y proteger a través de ella.
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