El suplicio de Pablo Jiménez Gutiérrez comenzó a los 12 años. Acusa al sacerdote Raúl Poo Urresti, de Santander, de haber abusado sexualmente de él entre 1970 y 1973. Su historia está recogida en el informe de 251 casos que entregó en diciembre al Vaticano y a la Conferencia Episcopal Española (CEE), pero de momento al obispado de la capital cántabra no le interesa.
El dosier ha llevado a la Iglesia a abrir una investigación sin precedentes en España y este periódico se ha puesto a su disposición para facilitar el contacto con las víctimas. Pero lo cierto es que la mayoría de los obispos por el momento las ignoran. La diócesis de Santander, interrogada por este diario, no ha querido ni siquiera facilitar un correo electrónico o un teléfono para que Jiménez pueda contactar con ellos. El vicario judicial, Prudencio Cabrero, simplemente responde por teléfono: “Que la víctima se personifique en el obispado y le atenderemos gustosamente”. Pablo Jiménez vive en Gran Canaria.
El comportamiento de las diócesis está ligado a la actitud de la CEE, que se ha desentendido de la investigación, y a las palabras que el secretario general de la CEE, el obispo Luis Argüello, les hizo llegar por carta al enviarles el dosier. En la misiva, con fecha del 23 de diciembre y a la que ha tenido acceso este periódico, se deja todo al criterio de cada obispo: “Vuestra Excelencia podrá considerar los pasos que resulten oportunos dar en orden a la investigación de los casos denunciados (en varios casos es muy difícil por ser ‘desconocida’ la persona a quien se denuncia o estar ya fallecida)”. En realidad, los casos en los que no está identificado el agresor son solo 35 de los 251 casos del informe, y en la mayoría se aportan datos que posibilitan averiguar su nombre.
“Jamás podré olvidar ni perdonar lo ocurrido”
Los 251 casos del informe de este diario tienen detrás los testimonios de 281 personas con nombres y apellidos, no hay ninguna denuncia anónima. Desean que sus datos sean confidenciales, porque no confían en la Iglesia, y este diario ha remitido solo síntesis de sus relatos. Esperan ver si realmente se emprende una investigación rigurosa para aportar su testimonio. Como Pablo Jiménez, ignorado por el obispado de Santander, otros muchos aguardan una llamada de la Iglesia que no llega. La archidiócesis de Valencia, por ejemplo, aún no se ha interesado por contactar con Vicente Cortés, de 63 años, que denuncia abusos en los años sesenta. La de Calahorra y La Calzada-Logroño todavía no ha hecho nada por buscar a Mikel Sádaba, que los señala en los años noventa. Solo tras recibir una llamada de este periódico estas tres diócesis —Santander, Valencia y Calahorra y La Calzada-Logroño— han declarado que investigarán sus casos. Son solo tres ejemplos de indiferencia hacia las víctimas. Estas son sus historias.
Cuando Pablo Jiménez, que ahora tiene 63 años, vio el obituario de Raúl Poo Urresti el 15 de marzo de 2014, se puso “malísimo”. Murió con 85 años y lo describían como una “persona entrañable y querida por todos”. En ese momento, revivió el martirio de su adolescencia: “Recuerdo todo perfectamente. El dolor y el asco, las secuelas que me produjo, y el saber que todo el mundo lo veía, pero nadie hacía nada”. Sobre la investigación que la Iglesia española dice estar realizando, Jiménez asegura: “No me fío. Creo que lo que están intentando es ganar tiempo para que esto pierda actualidad. Así se han mantenido mil años y se mantendrán otros dos mil más”.
El acusado, Poo Urresti, era sacerdote en la iglesia de Santa Lucía de Santander, y también fue profesor y capellán del colegio de La Salle de esta ciudad. De hecho, se afilió a esta congregación en 1998. Pero además daba clase de latín y religión en el instituto José María Pereda, en el que estudiaba Pablo Jiménez. “A la mayoría les daba las notas en clase y a unos pocos en su ‘quiosco’, así llamaba a su confesionario en la parroquia, pero a mí me dijo que tenía que ir a su casa a recogerlas”, relata. “Ese día empezó mi calvario. Al fondo de un pasillo largo estaba su habitación. Yo estaba muy asustado y él empezó a ser agresivo. Si le decía que no, se ponía furioso y gritaba, rojo de cólera. Sentado sobre el camastro, sufrí su primera agresión sexual”, declara. Jiménez calcula que la escena se repitió una treintena de veces a lo largo de tres años. “Jamás podré olvidar ni perdonar lo ocurrido”, sentencia.
Si conoce algún caso de abusos sexuales que no haya visto la luz, escríbanos con su denuncia a [email protected]
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