Estudios recientes en neurociencia y biología evolutiva sugieren que la pereza, lejos de ser un defecto, podría tener beneficios físicos y mentales, además de estar arraigada en nuestra genética.
Contrario a lo que dicta la cultura del esfuerzo constante, la ciencia indica que buscar el menor gasto energético es una conducta adaptativa. Investigaciones del profesor Daniel Lieberman, de Harvard, revelan que nuestros cuerpos están diseñados para ahorrar energía, lo que explica por qué preferimos descansar o evitar esfuerzos innecesarios.
El sistema nervioso, incluso de manera inconsciente, optimiza el movimiento para reducir el consumo calórico. Así lo comprobaron Jessica Selinger y Max Donelan, de la Universidad Simon Fraser de Canadá, en un experimento con exoesqueletos que demostró cómo las personas ajustan su forma de andar para minimizar el esfuerzo, aunque sea mínimo.
Además, factores como la dopamina y las mitocondrias influyen en el nivel de motivación y actividad física. Según estudios de la investigadora Mercè Correa, de la Universidad Jaume I de Castellón, los niveles de dopamina determinan cuánto esfuerzo estamos dispuestos a realizar. En experimentos con animales, aquellos con mayor liberación de este neurotransmisor demostraron mayor disposición al trabajo y persistencia.
La experta también ha observado que entrenar desde edades tempranas puede fortalecer la motivación en la vida adulta, haciendo más resistente al cerebro frente a condiciones que reducen la dopamina, como la depresión.
Por su parte, la psicóloga Montse Bordas sostiene que la pereza también cumple una función positiva: permite descansar, contemplar y conectar con uno mismo. Este estado de quietud puede favorecer la creatividad, la flexibilidad cognitiva y el bienestar emocional, siempre que no derive en desmotivación permanente.
Sin embargo, los especialistas advierten sobre el riesgo de que la inacción excesiva lleve a frustración, baja autoestima o sedentarismo. Para contrarrestar estos efectos, se recomienda establecer rutinas, reducir distracciones y mantener hábitos saludables.
En 1969, John Lennon y Yoko Ono hicieron de la pereza un acto político con su “encamada” por la paz. Hoy, más de cinco décadas después, la ciencia comienza a respaldar la idea de que no siempre estar quieto es estar perdiendo el tiempo.
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