“Ver jugar a la selección me pone la piel chinita”, dice una periodista amiga que no comprende mi apatía. La envidia me inunda al observar su carrusel de emociones durante los partidos, y me pregunto si ese entusiasmo se traduce en el ámbito político. Mi respuesta es que no, o al menos, no como ellos desearían. Este fenómeno no es nuevo: gobernantes de todas partes intentan expropiar la euforia que despierta el fútbol, ansiosos por transformar esa pasión en simpatía hacia sus partidos y figuras. Esta codicia política, la siento como envidia.
Recientemente, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha encarnado este patrón penoso. Con un llamado para que los jugadores de la selección entreguen todo en el Mundial, no hay objeción al sentimiento detrás de su mensaje. Sin embargo, ya instalado en la lógica de su reelección, lanzó un video propagandístico que genera incomodidad. Al ritmo contagioso de Brasil y con imágenes de futbolistas, el video presenta a Lula casi como el héroe del país, sugiriendo que la soberanía está en juego y que él juega “por Brasil”. Este tipo de estrategias busca que, a los pocos segundos, los ciudadanos confundan el fútbol con su lealtad política.
Aunque algunas de estas maniobras generan cierto impacto, dudo que alcancen sus objetivos, pues tienden a ignorar el verdadero mecanismo que hace que la experiencia deportiva sea tan poderosa. Investigadores italianos han caracterizado cómo las neuronas espejo nos permiten vivir las emociones ajenas de manera orgánica. Por lo tanto, un penalti en la pantalla acelera nuestro pulso y el gol de un jugador ocasiona una euforia tangible. Cuando observamos la lucha y el triunfo de otros, una parte de nosotros reproduce esa experiencia.
¿Qué sucede con los presidentes que se suben a la ola del Mundial? Algunos intentan conectarse con los sentimientos de sus ciudadanos de maneras menos convencionales. Por ejemplo, Gustavo Petro de Colombia intentó encender el patriotismo al despedir a la selección con un evento oficial. Aunque su acto fue visualmente impactante, careció del calor emocional que se requería, lo que le restó credibilidad.
En Alemania, el canciller Friedrich Merz hizo un gesto táctico al regalarle a Donald Trump una camiseta de la selección alemana. Sin embargo, la interacción resultó ser incongruente y sin entusiasmo palpable, con una sonrisa de Trump que no logró generar alegría ni conexión.
La escena política no puede quedarse atrás, Emmanuel Macron, tras la victoria de Francia sobre Senegal, proclamó con entusiasmo que Francia estaría en la final. Aunque logró captar la atención mediática, titulares no son sinónimo de afecto genuino.
Incluso en Cabo Verde, el entusiasmo del presidente al felicitar a su selección por un empate ante España resultó en un esfuerzo casi cómico por convertir el logro deportivo en un triunfo personal.
En México, Claudia Sheinbaum optó por una estrategia distinta. No asistió a la inauguración, pero planeó cuidadosamente su aparición en un entorno más accesible, rodeada de ciudadanos celebrando el desempeño, aunque bajo un rayo de incertidumbre.
Más allá de los políticos, actores de diversos sectores, desde bancos hasta farmacias, intentan apropiarse de la emoción que genera el deporte. Sin embargo, la realidad es clara: la autenticidad de la experiencia deportiva no se construye a través de la propaganda, ceremonias o festivales culinarios. Se origina de la angustia y el esfuerzo de los que verdaderamente compiten, y esa conexión es difícil de capitalizar.
2026-06-18 11:09:00.
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