Faltando diez minutos para la coronación, el jardín de Ojocaliente, Zacatecas, estaba en plena efervescencia. Familias, comerciantes y visitantes se congregaban para disfrutar de la “Feria Regional de la Tuna y de la Uva”. Sin embargo, un estruendo repentino alteró el ambiente, sacudiendo el suelo y dejando a los presentes atónitos. Muchos pensaron que se trataba de una explosión de un transformador, una explicación que, en un primer momento, ofreció algo de alivio a los ciudadanos. La situación, sin embargo, pronto revelaría una realidad mucho más grave.
Del área cercana comenzaron a surgir llamas y una espesura de humo que anunciaban que algo más serio había ocurrido. La llegada de una ambulancia y la súbita caída de la electricidad, la señal telefónica y el internet llevaron a la confusión y el pánico generalizado. Durante cinco minutos, los habitantes quedaron incomunicados, sin poder confirmar la magnitud del desastre.
Los espacios de la feria, antes llenos de vida y risas, se transformaron en un eco de gritos y carreras desenfrenadas. Policías alertaban a la población a resguardarse, mientras al menos seis civiles y un agente resultaron heridos. Al regresar las comunicaciones, quedó claro que la tragedia no se debía a un simple transformador sino a un coche bomba que había estallado al frente de la Comandancia de la Policía Municipal.
La explosión, que fue medida en términos de daños y heridos, derrumbó la ilusión de celebración. La dimensión del desastre se desveló rápidamente: 62 viviendas con daños estructurales y al menos 11 personas lesionadas. La Comandancia, ubicada en una calle donde se concentraba la vida del pueblo, quedó gravemente afectada. Aunque algunos heridos fueron reportados estables, la preocupación por las víctimas que requerían atención médica urgente persistió.
Al siguiente día, las autoridades municipales y estatales se reunieron para evaluar la situación. A pesar de los esfuerzos para continuar con la feria, la decisión fue clara: la celebración debía ser anulada. Comerciantes de distintos rincones del estado, que ya habían instalado juegos y puestos, solicitaron permiso para permanecer, argumentando que la festividad podría atraer a quienes acudirían a las misas por las celebraciones religiosas. Sin embargo, las autoridades mantuvieron su decisión de despejar el centro.
Como consecuencia de la explosión, los cinco millones de pesos destinados a la feria se reorientaron hacia la reparación de los daños provocados en las viviendas afectadas, un desafío considerable considerando las magnitudes del desastre. La incertidumbre sobre cómo se cubrirían todos los compromisos económicos mantuvo a la comunidad en un estado de inquietud.
En el corazón de la tragedia, una familia que celebraba un cumpleaños en la cercanía de la explosión vivió el terror en su máxima expresión. Cristales volaron por los aires, dañando no solo la celebración, sino también la tranquilidad de los hogares circundantes. A pesar de la destrucción, la comunidad muestra su fortaleza y resiliencia, reflexionando sobre cómo la seguridad y bienestar aún se encuentran vulnerados.
La situación actual exige una respuesta inmediata de las autoridades y un compromiso claro hacia el restablecimiento de la vida normal en Ojocaliente. Lo sucedido ese 3 de septiembre de 2026 no solo marcará un antes y un después en la historia del municipio, sino también en la memoria colectiva de sus habitantes, quienes ahora enfrentan la tarea de reconstruir lo que fue roto en un instante. Confiamos en que la comunidad se una para superar este oscuro capítulo y hallar nuevas formas de celebrar la vida, la cultura y los lazos que los unen.
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