En la madrugada del 2 de julio de 2026, Kiev se convirtió en el epicentro de uno de los ataques más devastadores desde que comenzó la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022. Un bombardeo masivo, que se extendió por más de once horas, dejó un saldo trágico de al menos 20 civiles muertos y más de 90 heridos, según las autoridades ucranianas.
El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, condenó enérgicamente el ataque, subrayando que “los ataques contra civiles y contra infraestructuras civiles, dondequiera que se produzcan, constituyen una clara violación del derecho internacional humanitario y deben cesar de inmediato.” Esta declaración se emitió mientras los equipos de emergencia luchaban por rescatar a víctimas atrapadas bajo los escombros de edificios residenciales colapsados.
Las Fuerzas Aéreas ucranianas informaron que Rusia lanzó un total de 496 drones y 74 misiles, incluidos 24 de tipo balístico. Las explosiones comenzaron a las 2 de la mañana y se sucedieron en oleadas hasta el amanecer. Según el alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, al menos 30 áreas de la ciudad resultaron dañadas, lo que llevó a declarar un día de luto oficial en la capital. En el distrito de Darnytskyi, seis plantas de un edificio de nueve pisos se derrumbaron y una instalación médica fue alcanzada, dejando a cinco trabajadores de salud heridos, uno de ellos en estado crítico.
El presidente ucraniano Volodímir Zelensky, quien estaba en Dublín participando en una visita oficial, regresó a Kiev tras recibir información sobre la inminente amenaza de un “ataque masivo” por parte de Moscú. Después del ataque, hizo un ferviente llamado a sus aliados para incrementar el apoyo en defensa antiaérea, concretamente pidiendo el desbloqueo de licencias para la producción de misiles interceptores para los sistemas Patriot, subrayando que “el suministro de sistemas de defensa aérea es una prioridad absoluta y crítica”.
Moscú justificó su ofensiva como una respuesta a los ataques ucranianos contra instalaciones petroleras rusas, afirmando haber apuntado a fábricas de drones y depósitos de combustible. Sin embargo, las autoridades ucranianas publicaron imágenes de los bloques residenciales destruidos, contrarrestando la narrativa rusa sobre objetivos exclusivamente militares.
Este ataque se suma a una escalada de tensiones que ha marcado los últimos meses del conflicto. Ucrania, bajo la dirección de Zelensky, ha intensificado sus operaciones de largo alcance, buscando debilitar la infraestructura militar rusa y forzar a Moscú hacia negociaciones. Un ataque anterior, el 2 de junio, también había dejado un saldo de 23 muertos tras un bombardeo de 656 drones y 73 misiles.
Desde el inicio de la invasión, más de 16,000 civiles ucranianos han perdido la vida, según datos de Naciones Unidas. La guerra ha acumulado más de dos millones de bajas militares en ambos bandos, lo que plantea interrogantes sobre el nivel de apoyo armado que continuará recibiendo Ucrania en medio de esta crisis humanitaria. Con la cumbre de la OTAN programada para el 7 y 8 de julio, la magnitud del bombardeo del jueves podría reavivar el debate sobre el compromiso occidental en este conflicto cada vez más complejo.
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