La escritora canadiense Miriam Toews, nacida en 1964 en Steinbach, recibió una invitación para participar en un congreso literario en México, donde le pidieron que reflexionara sobre por qué escribe. Su trabajo, que lleva por título Tregua, que no paz, se convierte en un viaje introspectivo que aborda la complejidad del duelo y las experiencias cotidianas. A través de sus memorias, Toews explora las razones detrás de su escritura, un proceso que inicialmente parecía no encajar con las expectativas de sus anfitriones, hasta el punto de que su participación fue suspendida.
El trasfondo de su obra es profundamente personal y trágico. Toews se enfrenta a la pérdida de su padre y hermana, ambos suicidas, y comparte sus propios pensamientos sobre el suicidio, llegando a contemplar la idea en un momento de su vida. Describe un episodio en el que, después de sentir que había lastimado a sus seres queridos, sólo pudo arrojar su teléfono al río Assiniboine en lugar de seguir adelante con sus pensamientos oscuros. La relación con su madre, quien tras el suicidio de su padre dejó de abrir cartas y se sumió en una nueva forma de vida, refuerza la temática del duelo y la búsqueda de palabras que den sentido a la tristeza.
Una de las características más interesantes de Tregua, que no paz es su estructura no lineal, que combina recuerdos de infancia y anécdotas de la vida familiar con interacciones cotidianas. En sus páginas, también narra momentos entrañables junto a sus nietos y su madre, lo que permite una mezcla de alegría y melancolía. Las referencias a juegos infantiles, como “el suelo es lava”, contrastan con las conversaciones serias y profundas sobre el suicidio, creando un espacio donde la vida y la muerte coexisten.
Toews también se adentra en la noción de que su libro está compuesto de “desvíos”, una reflexión sobre cómo las historias pueden tomar rumbos inesperados. A través de su escritura, se plantea preguntas sobre la memoria, el dolor y la conexión familiar, haciendo eco de la idea de que recordar a los muertos puede ser un acto liberador, aunque esté impregnado de sufrimiento.
El hilo conductor de su obra son las cartas entre las hermanas, donde se despliega una especie de comedia romántica que jamás alcanza el desenlace esperado. Estas correspondencias son un testimonio vivo de sus vidas y de las promesas de conexión que a menudo se complican con el dolor. Toews escribe, en parte, por el deseo de satisfacer la necesidad de su hermana: “mi hermana me pidió que escribiera cartas, que la ayudara a vivir y a morir, que simplemente entendiera”.
En un contexto literario más amplio, la obra de Toews puede verse como un camino hacia la sanación, donde el papel del escritor es fundamental para transitar por la pérdida y el recuerdo. La escritura surge no solo como un acto de expresión, sino como una forma de rendir homenaje a aquellos que han partido. En 2026, su historia sigue resonando como un recordatorio del poder transformador de la escritura en la vida de las personas y sus relaciones.
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