Perú se encuentra, una vez más, en un momento crucial de su historia política. Este domingo, 7 de junio de 2026, el país abre sus urnas para una batalla electoral que promete ser reñida. Tras un mes de escrutinio en la primera vuelta, donde se confirmaron los rivales del día de hoy, el contexto se asemeja a una decisión entre “el Sida y el cáncer”, como dijo Mario Vargas Llosa, reflejando la desilusión de los votantes ante las opciones que enfrentan.
A la derecha del cuadrilátero electoral, Keiko Fujimori se presenta con el peso de tres derrotas presidenciales a cuestas, pero con el respaldo de su victoria en la primera vuelta. La política de 51 años no solo enfrenta sus propios fantasmas, sino un histórico “antifujimorismo”, resurgido en parte tras la muerte de su padre, el dictador Alberto Fujimori, en 2024.
En el otro lado, Roberto Sánchez, representante de la izquierda, ha hecho de su sombrero chotano un símbolo de su campaña. A pesar de ser el único ministro que mantuvo lealtad a Pedro Castillo durante su controversial mandato de 495 días, Sánchez se ha trasladado al centro en los últimos días para atraer votantes. Su declaración, “No soy comunista, nunca expropié a nadie”, busca apaciguar las inquietudes del electorado.
Las encuestas han sido prohibidas, pero se estima que hay un empate técnico. Según los últimos datos de campañas, Keiko cuenta con un 38.8% de apoyo frente al 37% de Sánchez, aunque un 10% de los votantes permanece indeciso. Este fenómeno de polarización se refleja en el perfil geográfico de ambos candidatos: Fujimori domina en Lima y el norte, mientras que Sánchez intenta captar el voto juvenil, que representa más del 20% del censo entre los 18 y 25 años, un grupo activamente movilizado por las redes sociales.
Los momentos decisivos se asemejan a lo que se vive actualmente en Colombia, donde Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda también se enfrentan en un duelo que podría influir en el mapa geopolítico de América. La analista Maite Vizcarra advierte que, sin importar el resultado, se anticipa una alta posibilidad de conflicto social tras las elecciones, un escenario ya familiar para el país andino.
A medida que ambos contendientes buscan afianzar los votos indecisos, en la trinchera de Keiko, el apoyo del trumpista Rafael López Aliaga marca una señal de optimismo. Por su parte, Sánchez ha logrado atraer a partidos y líderes del centro izquierda, suavizando su imagen radical con promesas de indulto para Castillo en caso de triunfar.
La esencia del “antifujimorismo” parece haberse revitalizado, impulsado por las intervenciones de Keiko en la campaña, y la pregunta en boca de todos es si este sentimiento, latente en el electorado, puede influir decisivamente en el resultado.
Los ojos del mundo están puestos en Perú, cuyo recuento de votos se perfila como un enfrentamiento detallado. La disputa se definirá voto por voto, con el papel de los personeros cobrando una gran importancia. Mientras la incertidumbre persiste y las tensiones aumentan, los peruanos se preparan para hacer oír su voz en un contexto que podría cambiar el curso de la política nacional en un instante.
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