A inicios de enero de 2026, Francia tomó las riendas de la presidencia del G7, un grupo que históricamente ha reunido a las economías más avanzadas del mundo. La agenda de esta presidencia no podría ser más pertinente: se centrará en los desequilibrios globales, específicamente en los superávits y déficits por cuenta corriente de potencias como China y Estados Unidos. Este enfoque evoca preocupaciones pasadas, como las que surgieron en 2006, cuando tales desequilibrios también reverberaban en la economía mundial.
Políticamente, este tema parece bien escogido. A medida que el presidente Donald Trump y los líderes europeos encuentran una base común en la inquietud por los superávits de China, Francia intenta desviar la atención de sus propios problemas fiscales y, al mismo tiempo, elevar la figura de Emmanuel Macron en el escenario internacional.
Económicamente, sin embargo, el impacto de esta agenda es aún incierto. Los desequilibrios entre Estados Unidos y China son palpables. El Fondo Monetario Internacional proyecta que el déficit por cuenta corriente de Estados Unidos para 2025 se situará en un 4.6% del PIB, una ligera reducción respecto al 6.2% alcanzado en 2006. Por otro lado, el superávit de China ha caído del 10% del PIB en 2006 al 3.3% en la actualidad, aunque su participación en el PIB mundial se ha triplicado en ese período, lo cual complica la interpretación de estos números.
Cuando enfocamos la atención en las dos economías, que juntas conforman un asombroso 40% del PIB global, los desequilibrios parecen casi tan significativos como hace dos años, justo antes de que se desatara la crisis financiera de 2008. Sin embargo, la inquietud que se está generando en torno a estos desequilibrios no necesariamente se traduce en riesgo económico. La crisis anterior se debió más a la falta de transparencia y a una regulación financiera insuficiente que a los desequilibrios en sí. Hoy, diversas áreas presentan riesgos financieros similares: desde el crédito privado hasta las criptomonedas, pasando por flujos de inversión asociados con centros de datos y semiconductores.
Lo preocupante se vuelve aún más evidente al analizar el sector de la inversión. Este año, por ejemplo, las inversiones en centros de datos representaron el 80% del aumento de la demanda interna privada en Estados Unidos durante la primera mitad de 2025. Un déficit por cuenta corriente alta indica un exceso de inversión sobre ahorro, lo que podría revertirse al reducir la inversión, pero también implicaría un menor crecimiento económico, con repercusiones globales.
El economista Nigel Lawson, en su análisis sobre déficits por cuenta corriente, argumentó que si estos reflejan una alta inversión, son en sí mismos positivos. No obstante, en la práctica, los déficits solo son beneficiosos cuando las inversiones son productivas. La actual inquietud por la rentabilidad de inversiones en inteligencia artificial y uso energético elevado podría recordar a muchos los excesos observados hace dos décadas.
En el caso de China, la situación es diferente. Aquí, la alta tasa de ahorro parece ser el problema en lugar de la baja inversión. Las autoridades chinas han reconocido esta situación durante más de una década, buscando desincentivar el ahorro en favor del consumo, pero los resultados han sido limitados. La economía china, con una elevada inversión en sectores poco productivos, enfrenta desafíos en la estabilidad financiera, aunque su aislamiento financiero podría contener cualquier posible contagio hacia otras economías.
La preocupación por el superávit comercial de China también radica en sus efectos concentrados en otras regiones, lo que podría generar tensiones contra la globalización. A medida que el mercado estadounidense se cierra más a China, es probable que Europa y otros lugares sientan estas repercusiones. Con la creciente rivalidad geoestratégica entre Estados Unidos y China, y el deterioro de las relaciones trasatlánticas, se vislumbra un panorama complicado para el multilateralismo.
Las soluciones deben surgir de cada país. Estados Unidos puede abordar su desahorro público mediante aumentos de impuestos y la eliminación de lagunas fiscales. Al mismo tiempo, podría endurecer regulaciones financieras para mitigar el derroche de las empresas tecnológicas. Por su parte, China tiene la opción de estimular el consumo, lo que podría liberar el ahorro y contribuir a una economía más equilibrada.
Esta situación plantea una pregunta de fondo: ¿serán estas propuestas bien acogidas? La respuesta podría definir el futuro económico de ambos países y el equilibrio global en su conjunto. En palabras de Shakespeare, “la culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos”.
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