Cuando se inauguró la Elbphilharmonie el 17 de enero de 2017, Alemania estaba aún recuperándose de la conmoción provocada por el atentado terrorista en un mercadillo navideño de Berlín que acabó con la vida de doce personas el 19 de diciembre de 2016. Cinco años después, el país se levanta alarmado día tras día con las impactantes cifras de muertos que sigue dejando el coronavirus. En Hamburgo, a las once han de cerrar por ley todos los bares, restaurantes y locales de ocio nocturno, y ya desde antes de esa hora apenas se ve un alma por la calle. Para acceder al interior de casi cualquier sitio exigen un certificado con las tres vacunas o dos más un test negativo realizado en las últimas 24 horas.
El impresionante despliegue policial de la inauguración en 2017 (a la que asistieron la entonces canciller Angela Merkel y el entonces presidente federal Joachim Gauck, que exclamó en su discurso “¡Escuchad ahora todos, todos!”) ha dado paso en estos primeros compases de 2022 a miradas recelosas, e incluso advertencias (“Abstand, bitte!”) de los más temerosos, si piensan que alguien se les acerca más de la cuenta durante las largas colas que generan los controles: no policiales, como los estrictísimos tras los atentados, sino sanitarios.
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En medio de este extraño ambiente, la Elbphilharmonie (o Elphi, como ha sido popularmente rebautizada, para abreviar) ha querido celebrar su quinto aniversario con el doble propósito —da la sensación— de recordar sus logros y alegrar los ánimos. Lo primero se traduce en unas cifras incontestables: más de 2.500 conciertos celebrados hasta que el mundo se detuvo en marzo de 2020, con casi tres millones de espectadores. Como su mirador, de acceso libre, La Plaza, brinda unas espectaculares vistas de la ciudad y del Elba (si se otea el horizonte desde lo alto, el auditorio parece estar flotando literalmente sobre el agua), se ha convertido en un imán para los turistas y se calcula que en marzo de este año se llegará a los 15 millones de visitas, a razón de tres millones por año.
La sala se ubica además en el que es probablemente un ejemplo único de remodelación y regeneración urbana de una zona largo tiempo depauperada, conocida ahora como HafenCity (Ciudad Portuaria), por lo que el tirón irresistible de Elphi ha sido comparado con el efecto que ha tenido en Bilbao la construcción del museo Guggenheim: un edificio estrictamente cultural que se convierte, de la noche a la mañana, en el icono turístico por antonomasia de una ciudad que hasta entonces carecía de él. Desde la contrucción de la Elbphilharmonie, las pernoctaciones de turistas en Hamburgo han aumentado más de un 15%. El antiguo almacén de café y cacao, un sencillo y anodino edificio de ladrillo, es ahora una espigada nave atracada en el Elba que atrae todas las miradas: “el más hermoso barco que se ha hecho nunca a la mar”, como declaró su intendente, Christoph Lieben-Seutter, en la ceremonia inaugural.
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