La música, una de las formas de arte más universales, se encuentra en una encrucijada peculiar a medida que las tecnologías de inteligencia artificial (IA) ganan terreno en la industria. A 30 años del trágico fallecimiento de Kurt Cobain, líder de Nirvana, el paisaje musical observa cómo la IA empieza a modificar la creación y distribución de melodías. Aunque Nirvana solo dejó tres álbumes de estudio, su legado continúa resonando, incluso en un contexto donde las canciones generadas por máquinas están cada vez más presentes en plataformas de streaming.
En las últimas navidades, por ejemplo, una versión brasileña de una canción de Taylor Swift, realizada por IA, alcanzó más descargas que el original, lo que subraya un fenómeno perturbador. Canciones como “Celebrate Me” también han llegado a ocupar el primer puesto en listas globales, pero lo que una vez se presentaba como una curiosidad ahora evoca un sentimiento más sombrío entre los amantes de la música. La irrupción de estos productos “falsos” ha sido calificada por algunos como un movimiento de “mierdificación”, término acuñado por el ensayista Cory Doctorow, que sugiere una degradación en la calidad de la música disponible.
La plataforma de música francesa Deezer, en enero de 2025, registró impresionantes cifras, con 10,000 nuevas canciones generadas por IA cada día, cifra que para abril ya se había elevado a más de 75,000. Esto equivale a más de dos millones de canciones mensuales creadas artificialmente, representando el 44% de las subidas totales en la plataforma. Una encuesta reveló que un 97% de los usuarios no podían distinguir entre música generada por IA y la compuesta por seres humanos, lo que plantea serias preguntas sobre la autenticidad en la música moderna.
El mundo del jazz no ha estado exento de este fenómeno. Jorge Rossy, un batería español de renombre, ha observado cómo su nombre ha sido asociado a proyectos de IA sin su consentimiento, lo que le ha llevado a describir estas producciones como “pura porquería”. No es un caso aislado; un estudio de la Unión de Músicos detectó más de 150 artistas cuyas imágenes han sido utilizadas junto a canciones de IA, muchas de ellas de calidad cuestionable.
Frente a la falta de regulación en este ámbito, casos como el de Paul Bender, de Hiatus Kaiyote, han llamado la atención. Su “Operación Vertedero de Payasos” buscó probar los controles en las plataformas y demostró cómo podían subir música deliberadamente mala sin ser detenidos, evidenciando las fallas en el sistema actual.
Además, la aparición de bots y granjas de clics que consumen masivamente canciones generadas por IA ha creado un nuevo espectro de fraude, donde un 70% de las interacciones en estas “fake songs” podrían ser artificiales. En respuesta, Spotify ha implementado “Verified by Spotify” con el fin de reconocer a artistas auténticos, aunque esto no garantiza la calidad de su música.
Las voces críticas en la industria piden una mayor regulación y protección de los derechos de los artistas, enfatizando que la voz, imagen y estilo de un artista son parte de su identidad y merecen resguardarse. En este contexto, la lucha entre la autenticidad musical y las producciones generadas por IA plantea un dilema sobre el futuro de lo que escuchamos.
A medida que avanzamos hacia un panorama musical donde los robots y las máquinas juegan un papel creciente, se vuelve esencial que el amor por la música y la dirección artística no se ahoguen en un mar de contenido superficial. En un mundo donde la calidad a menudo se ve comprometida por la cantidad, lo que queda por ver es cómo los oyentes escogerán disfrutar de la música que tanto aprecian.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.

