Estados Unidos ha sido considerado durante décadas una potencia hegemónica que marcó las pautas del orden mundial, en gran medida por su poderío militar y su economía robusta. Sin embargo, este panorama está cambiando, dado el crecimiento de nuevas potencias que están redefiniendo las dinámicas globales. El modelo capitalista democrático que caracterizó a Estados Unidos parece dar paso a un enfoque más oligopólico y autoritario, donde personajes influyentes de la tecnología y relaciones personales predominan en el ámbito de los negocios.
Desde su llegada al poder, Donald Trump ha impulsado una significativa desvinculación de Estados Unidos respecto a acuerdos internacionales, abandonando más de 40 pactos fundamentales para la cooperación económica, la salud y la cultura. Este enfoque ha generado un ambiente propicio para la reconfiguración del orden internacional. Uno de los hitos más controversiales durante su administración es su intención de desmantelar la Corte Penal Internacional, una institución que ha calificado a líderes como Putin y Netanyahu de criminales de guerra. Además, su propuesta de reemplazar al actual Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, con Gianni Infantino, ha suscitado inquietudes sobre el futuro de esta organización, que ya enfrenta desafíos de legitimidad.
La política global, antes dominada por el Grupo de los Siete —los países más industrializados—, ha visto la aparición de nuevos actores, como la Organización de Cooperación de Shanghái liderada por China, la Unión Económica Euroasiática bajo la dirección de Rusia y el grupo BRICS, que incluye a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, entre otros. Esta nueva configuración revela una realidad inestable, exacerbada por conflictos actuales que están elevando los precios del petróleo, el gas, los fertilizantes y otros productos esenciales, creando tensiones económicas en todo el mundo.
Mientras tanto, Estados Unidos, en su búsqueda por reafirmar su poder, se encuentra inmerso en una serie de confrontaciones que parecen no llevar a un desenlace claro. En contraposición, China, con un enfoque sutil pero firme, ha aprendido y adaptado la experiencia del capitalismo occidental, posicionándose como el mayor exportador mundial y transformando su competitividad en un desafío directo para el modelo estadounidense.
En este contexto de declive de la democracia liberal en Estados Unidos y el ascenso tecnológico de China, la confrontación entre ambas naciones se ha vuelto un aspecto cotidiano en asuntos internacionales. Este nuevo escenario global no solo afecta las relaciones bilaterales, sino también el futuro de la economía y la política en el mundo entero. La interdependencia y las rivalidades entre potencias están más presentes que nunca, y su evolución determinará el rumbo del 21 en adelante.
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