Seis días después del fallecimiento del reconocido artista Georg Baselitz, su galerista de larga data, Thaddeaus Ropac, inauguró una exposición en Venecia que el mismo Baselitz había anticipado como su última. En la Fondazione Giorgio Cini, ubicada en la isla de San Giorgio Maggiore, se presenta “Eroi d’Oro” (Heroes of Gold), una selección de las pinturas finales que Baselitz creó a lo largo de su vida. El artista, quien partió en abril a los 88 años, hizo referencia a estas obras en un video pregrabado diciendo: “mis últimas pinturas”, describiéndolas como un resumen de su trayectoria.
En una conversación con ARTnews, apenas días antes de su muerte, Baselitz compartió su reflexión sobre su carrera de más de 60 años. “Ahora que estoy casi al final de mi actividad pictórica, pensé que debía hacer algún tipo de conclusión”, afirmó. Esta nota de finalización es poco común para un artista que se ha caracterizado por desafiar las convenciones, desde las controversias de su trabajo figurativo en los años 60 hasta los célebres cuadros invertidos que definieron su firma.
La exposición que deseaba Baselitz que fuese su última no solo reitera su legado, sino que lo destila. Las pinturas, de gran escala y con fondos dorados, exhiben figuras delgadas, que representan a él mismo o a su esposa Elke, dispuestas en una horizontalidad que evoca una visión desde arriba. Estos cuerpos flotan en un espacio indefinido, fusionando lo íntimo con lo cósmico. Baselitz explicó que el oro tiene un efecto único: “absorbe el espacio, las sombras y la espacialidad”, mientras que las líneas de tinta que dibujan sus figuras se presentan como dibujos desnudos, reducidos a líneas finas.
Este enfoque de reducción permea toda la serie. Baselitz ha utilizado el oro de manera poco frecuente, relacionándolo con retratos de momias del Fayum, retablos sieneses e íconos bizantinos, todos representaciones de lo muerto. Su uso del oro no busca honrar lo divino, sino que Darragon, un historiador del arte que conocía al artista, lo describe como una “superficie impasible y definitiva” que “no santifica nada”.
La exhibición “Eroi d’Oro” se presenta como un epílogo que se siente, al mismo tiempo, como un nuevo comienzo. Darragon comenta que, tras 60 años de intensa actividad, Baselitz experimentó un sentido de culminación, aunque esta idea de cierre es inestable, dado su impulso constante por exploraciones y riesgos nuevos.
Al preguntarle cómo deseaba que su obra fuese entendida, Baselitz respondió: “No soy responsable de lo que sucede. Mi comunicación con el público siempre ha sido escasa y restringida”. Este enfoque reservado podría haber estado influenciado por controversias pasadas, como sus declaraciones sobre las pintoras, que le generaron un aluvión de críticas. En entrevistas recientes, Baselitz ha expresado su desdén por clasificar el arte en categorías de identidad.
Con su partida, el legado de Baselitz plantea preguntas sobre su lugar en la historia del arte contemporáneo. Según Darragon, “Baselitz no creía que la historia avanzara simplemente a partir de resultados acumulativos”. Para él, el proceso creativo requería cuestionar todo y redescubrir un pasado que había sido olvidado.
Con su singularidad, Baselitz se mantuvo siempre a la vanguardia, desafiando tendencias y normas, marcando un camino considerado por muchos como un viaje sin final determinado.
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