En 2011 llevaba media cabeza rapada y lucía pendientes varios, vivía en Aranjuez y trabajaba como guía del edificio Telefónica mientras estudiaba periodismo. Ana Iris Simón (Campo de Criptana, Ciudad Real, 30 años) tenía 19 cuando “subía y bajaba” desde el sur de la Comunidad de Madrid, donde se había criado, hasta la Puerta del Sol para sumarse a las protestas y concentraciones del 15-M. Justo 10 años después, el pasado mes de mayo, con la melena bien arreglada, una falda de lunares y una blusa blanca, la escritora se acercó otra vez desde Aranjuez a la capital para hablar de política a ras de suelo.
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La cita fue en el Palacio de la Moncloa con motivo de la presentación del plan Pueblos con futuro, un proyecto para reactivar las áreas rurales que forma parte del programa España 2050, y Ana Iris volvió a sacudir las aguas al hablar “muy claro”, como dijo, del impacto real que ella observa que tienen la globalización y la despoblación en la vida de muchos jóvenes de su generación.
“Hoy veo el 15-M como un movimiento burgués, pero entonces, con el bipartidismo y en plena crisis económica, se trataba de plantear otra forma de hacer las cosas. Creo que el eje es más entre arriba y abajo que entre izquierda y derecha”, reflexionaba una mañana de principios de julio en su casa en el centro de Aranjuez, en un bloque con una preciosa entrada de techos altísimos —”es un segundo que parece un cuarto”— desde el que se ven los tejados y un cielo resplandeciente.
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La política nunca le ha sido ajena a Simón, no podía serlo, como tampoco le es ajena la familia, ni el paisaje manchego. Es hija, nieta y bisnieta de comunistas por parte de padre, como escribe en Feria, y, por el lado materno, del “realismo mágico” de su madre, abuela y bisabuela. Ellas son mujeres de una familia de feriantes manchegos, un mundo perfectamente conectado con el descrito por Pedro Almodóvar en películas como Volver o La flor de mi secreto, donde las tumbas se limpian cada año, los besos son sonoros y las vecinas se sientan al fresco sin que eso lleve asociada una etiqueta de “red de cuidados femeninos”, como ironiza la autora.
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No es casualidad que en su brazo Simón lleve un tatuaje que dice ‘Made in La Mancha’, que escriba sobre esa abuela que le dijo que cuando muriera se le iba a aparecer y no debía tener miedo, que hable de parientes mayores curtidos en el campo que hablan con sobrinos jóvenes vestidos con camisetas de leopardo con las uñas pintadas o de las gachas que le prepara su abuelo. “Dice Paris que estoy apegada a la tierra como un hobbit”, comentaba ella con voz aniñada y franca. Hasel-Paris Álvarez es su pareja y el padre de su hijo —”Ana Iris y Hasel Paris, menudos nombres que ponían esos padres de los noventa”, bromea—. Mientras ella asegura que hay mucho en su libro que sacó de él, su pareja cuenta que escribe “aunque con menos éxito que mi señora” y no disimula su orgullo al verla posar para las fotos.
En su salón están las estanterías de madera clara, la PlayStation y la planta de costilla de Adán tres imprescindibles de cualquier casa de un treintañero sobre los que la escritora arma su argumento para declarar que esa modernidad por la que apuestan muchos jóvenes, que van cumpliendo años en pisos compartidos y encadenando contratos temporales, tiene algo de estafa. “Yo es que mucho rajar, pero luego…”, dice señalando la Play y la maceta. “De pequeños nos quejábamos de las casas de nuestros abuelos y ahora las de los jóvenes son iguales, podrían estar en Arizona. Hoy nos creemos especiales siendo indistinguibles”.



