El panorama de la infraestructura vial en la Ciudad de México ha dado un giro peculiar en los últimos años. En un momento donde las promesas de mejora resuenan en el aire, el gobierno de Clara Brugada, jefa de Gobierno, lanzó un anuncio ambicioso el 18 de enero de 2025: “El compromiso de nuestro gobierno es lograr que el bache deje de ser el problema número uno para los habitantes de la Ciudad de México”. Sin embargo, lo que parece ser una victoria esconde una realidad más inquietante: los baches han dejado de ser la mayor preocupación de los automovilistas, siendo reemplazados por un problema aún más grave: el despojo.
A pesar de los esfuerzos visibles, las cifras sugieren que la situación en las vías de la capital es crítica. Según las encuestas del Inegi, se estima que hay más de 200,000 baches en las principales avenidas y alrededor de 33,000 en zonas severamente afectadas. Esta realidad se traduce en una infraestructura vial que bien podría ser comparada a un laberinto de queso gruyere, donde cada bache parece tener su propia historia, y algunos ya son parte del paisaje urbano al punto de adquirir “personalidad jurídica”.
Programas como “Cero Baches”, lanzado recientemente por la alcaldía de Benito Juárez, han resultado, irónicamente, en campañas publicitarias que han sobrevivido más tiempo que las acciones para reparar estas calles. Las iniciativas, en lugar de ofrecer soluciones efectivas, a menudo terminan en eslóganes que se diluyen en la cotidianidad de los baches casi venerados por los habitantes. Cualquier intento de reparación se convierte en un rompecabezas donde, en lugar de corregir juntos los problemas, se emplea una metodología que deja intactos los baches cercanos, como si mantenerlos fuera parte de una estrategia de conservación.
La continuidad de los baches a lo largo de diferentes administraciones políticas es notable. Estos obstáculos urbanos han perdurado a través de los cambios de partido y las campañas electorales, actuando como un símbolo de la ineficacia en la gestión pública. Quizás ha llegado el momento de reconsiderar su presencia en el paisaje urbano, planteando propuestas que, aunque inusuales, podrían transformar la percepción colectiva. ¿Por qué no pensar en declarar a los baches como patrimonio urbano y ofrecer recorridos turísticos que los celebren?
Recientemente, el gobierno federal anunciaba “El Bachetón”, un nuevo y ambicioso programa para abordar la crisis de los baches en las carreteras del país, con una inversión prometedora de 50 mil millones de pesos. Sin embargo, persiste la incertidumbre sobre si este presupuesto encontrará su camino hacia las calles o quedará atrapado en las sombras de la corrupción.
La situación es evidente: las carreteras en México ya no solo son caminos de traslado, sino que han evolucionado a un escenario donde cada viaje puede transformarse en una prueba de destreza automovilística. Las lluvias, los camiones pesados y la conocida inconsistencia de los materiales de construcción se conjugan para crear un entorno donde los automovilistas deben maniobrar con una habilidad excepcional.
La dedicación y la adaptación de los conductores mexicanos son dignas de reconocimiento. En un ámbito donde otros podrían rendirse, se han convertido en expertos en esquivar baches y mantener un equilibrio que les permite continuar su trayecto, y esto, en un contexto donde se sufre un costo personal considerable. La situación vial en la Ciudad de México sigue siendo un reto, pero también una oportunidad para reflexionar sobre la calidad de vida y la gestión de recursos en el espacio urbano.
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