Toronto, Canadá.— Científicos de la Universidad de Toronto-Mississauga han descubierto por qué algunas lesiones físicas provocan dolor persistente incluso mucho tiempo después de que han sanado. El hallazgo ofrece nuevas pistas para entender condiciones como el dolor crónico y el estrés postraumático.
Mito 1: “Si ya sanó, el dolor debería desaparecer”
Hecho: Aunque el tejido esté curado, el cuerpo puede conservar una “memoria del dolor” en su sistema nervioso.
El estudio con ratones mostró que, tras una lesión menor, los animales reaccionaban con miedo y dolor meses después, al ser expuestos al olor de un depredador. Sorprendentemente, el dolor reaparecía incluso en zonas del cuerpo que nunca estuvieron heridas.
Mito 2: “El dolor persistente está en la mente”
Hecho: No es imaginario, es fisiológico.
Los investigadores encontraron que las antiguas lesiones modifican la forma en que el sistema nervioso responde a situaciones de estrés, dejando una huella real en el cuerpo, incluso sin daño físico activo ni inflamación.
Mito 3: “El dolor y el miedo son reacciones separadas”
Hecho: Comparten una vía común, pero con diferencias clave.
Ambas respuestas están amplificadas por la hormona del estrés (corticosterona), pero el miedo, en particular, también está vinculado al receptor TRPA1, conocido como el “receptor del wasabi”. Este receptor fue clave para la respuesta emocional de miedo, pero no para el dolor físico.
Mito 4: “El dolor fantasma solo ocurre en amputaciones”
Hecho: El cuerpo puede reactivar el dolor en cualquier parte, sin necesidad de una amputación.
El fenómeno observado se parece al dolor fantasma, pero ocurre sin pérdida de extremidades. Es más una reactivación emocional del dolor, lo que sugiere que el sistema nervioso se “entrena” para mantener el cuerpo en estado de alerta.
Mito 5: “No se puede hacer nada si el dolor es crónico”
Hecho: El estudio identificó puntos de intervención.
Al bloquear la corticosterona o el receptor TRPA1, los científicos lograron reducir significativamente tanto el dolor como el miedo en los ratones. Esto abre posibilidades para nuevos tratamientos dirigidos específicamente a los mecanismos que perpetúan el trauma.
Conclusión: el cuerpo también recuerda
El hallazgo redefine cómo entendemos el dolor persistente: no es un fallo psicológico, sino un reflejo del cuerpo que aprendió a protegerse… y no ha podido desaprender. Esta “memoria corporal” podría explicar por qué algunas personas no responden bien a tratamientos convencionales y abre nuevas vías para terapias más personalizadas.
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