La relación entre padres e hijos encierra un fascinante dilema que mezcla el altruismo y el egoísmo, especialmente cuando se examina a través de la lente de la inversión en el capital humano. Los padres, al gastar en la educación, alimentación y salud de sus hijos, actúan desde un lugar de satisfacción personal, al saber que el bienestar de sus descendientes contribuye a su propia felicidad. Esta conducta se entiende como egoísta en la teoría económica, ya que el bienestar subjetivo de los padres se incrementa en función del éxito de sus hijos. Sin embargo, el altruismo también se manifiesta aquí: los padres generalmente no esperan un reembolso por sus sacrificios, incluso si eso significa renunciar a su propio consumo para asegurar un futuro mejor para ellos.
A medida que los padres envejecen, deben planificar su gasto cuidadosamente, con el ideal de que, al fallecer, únicamente los gastos funerarios queden como legado. Sin embargo, no siempre logran un equilibrio y, en algunos casos, se convierten en una carga financiera para sus hijos, quienes se ven obligados a reducir su propio consumo e invertir menos en el futuro de sus propios descendientes. Esta situación crea una cadena de bienestar disminuido que puede afectar a las generaciones sucesivas.
Del mismo modo, las decisiones que toman los gobiernos al diseñar y ejecutar políticas públicas se asemejan a esas dinámicas familiares. Las elecciones en cuanto a gasto, inversión pública y endeudamiento determinan si el legado que dejan es positivo o negativo. En particular, la atención que se destina a la educación y la salud juegan un papel crucial, dado que ambas son las piedras angulares de la inversión en capital humano. Para garantizar una herencia favorable, es imprescindible que los gobiernos asignen presupuestos adecuados a estos sectores, lo que requiere que sean de alta calidad y accesibles.
Desde 2018, México ha transicionado hacia un camino donde se ha sacrificado el gasto en educación y salud, resultando en una insatisfacción generalizada ante los servicios que se ofrecen. La implementación de nuevas políticas educativas y la gestión de la salud pública han sido objeto de críticas, evidenciando que no contribuyen al bienestar presente y futuro de la nación.
Las decisiones en materia de inversión pública no son menos complejas. Los proyectos gubernamentales deben evaluarse en términos de su rentabilidad social para asegurar un impacto positivo. Sin embargo, diversos proyectos llevados a cabo en el gobierno reciente parecen haber tenido tasas de retorno negativas, lo que conlleva a una reducción del patrimonio nacional y ralentización del crecimiento económico.
El financiamiento de esas inversiones es otra clave. Utilizar recursos que deberían destinarse a la educación y salud para financiar proyectos no rentables empobrece a la sociedad y crea una herencia negativa. El endeudamiento, si no se justifica a través de inversiones que generen ingresos futuros, se vuelve insostenible y también empuja a las generaciones futuras hacia una situación económica desfavorable.
En conclusión, el panorama actual sugiere que tanto en las dinámicas familiares como en la administración pública, se están sembrando las semillas de un legado negativo que podría afectar gravemente el bienestar de las próximas generaciones. Las decisiones imprudentes de hoy pueden dejar a la descendencia no solo sin beneficios, sino también con problemas que podrían haber sido evitados.
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