El exilio es una cicatriz sin la que no se puede comprender la historia de España en el siglo XX, por su duración, cuatro décadas, y por su hondura, desde el medio millón de personas que pasaron la frontera con Francia en 1939, en condiciones infrahumanas, aunque dos tercios regresaron en los meses siguientes, hasta los intelectuales y científicos que enriquecieron las universidades americanas. Nuevos libros publicados en las últimas semanas ponen el foco en sus diferentes protagonistas y aspectos, en unos días en que el Gobierno, a través de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, ha insistido en que tiene la intención de establecer por ley que cada año, en la primera semana de mayo, se homenajee a los exiliados.
El volumen recoge los sucesivos giros en sus aspiraciones de los que aguardaban fuera, obligados por los hechos. El deseo del retorno rápido al “paraíso perdido”, encabezado por Gobierno de la República en el exilio en México, con José Giral, se esfumó por una combinación de factores: “La Guerra Fría, la división de los exiliados, la resistencia del régimen de Franco y la realpolitik de las democracias occidentales”. La puntilla la dio Franco con su reunión con don Juan —entonces heredero del trono que había abandonado Alfonso XIII—, en el yate Azor, en el verano de 1948. “Dividió a los monárquicos y debilitó al republicanismo”, añade Villares. Mientras, “los nacionalismos periféricos, vascos, catalanes y gallegos”, tuvieron que rebajar su aspiración “de una república ibérica y federal al autonomismo”.
De la influencia de aquellos hombres y mujeres en el régimen constitucional actual, lo que puede extrañar por su lejanía en el tiempo, trata el libro Exilio republicano y pluralismo nacional (Marcial Pons), de Ramón Villares, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela. Villares recorre el periodo desde 1936, “con las primeras huidas”, escribe, hasta 1982. En su ensayo defiende que “la contribución del exilio a la democracia española fue muy superior a la que se piensa (a veces, incluso desde la propia mirada de los exiliados), en dos cuestiones: organización territorial y democracia política”, dice por correo electrónico. “Su europeísmo y el reconocimiento del pluralismo nacional los acabaron adoptando la lucha antifranquista del interior”, sostiene.
Con el franquismo estabilizado, los esfuerzos de los exiliados se dirigieron a “la reconciliación de vencedores y vencidos, y a la transferencia al interior del protagonismo de la oposición a la dictadura”. Esa evolución tuvo como parteaguas el Congreso de Múnich de junio de 1962, “el contubernio”, para el franquismo, la reunión de distintas familias contrarias al franquismo, que sirvió para sellar “la unión del exilio con el interior” y, más importante, como pronunció en su discurso el liberal Salvador de Madariaga: “La Guerra Civil terminó en Múnich”. España era otra, una sociedad extraña para los que empiezan a regresar, como le sucede al escritor Max Aub en 1969: “He venido, pero no he vuelto”, escribió.
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