Cuando se entra al consultorio médico, las expectativas pueden ser altas, aunque a menudo termina surgiendo la frustración. Muchos pacientes se encuentran con la sensación de haber sido corregidos o reprimidos, sin que realmente se les escuche. Esta experiencia, lejos de ser única, se ha popularizado bajo el término “gaslighting médico”, que describe cómo los síntomas y preocupaciones de un paciente pueden ser minimizados o descartados, llevando a la persona a dudar de sí misma y de su salud.
Este fenómeno no es accidental. La medicina moderna, a menudo marcada por la prisa y la falta de tiempo, ha deformado la práctica clínica. Estudios, como el clásico de Beckman y Frankel, han demostrado que los médicos interrumpen el relato de un paciente en promedio a los 18 segundos. Esta interrupción no solo afecta la calidad de la interacción, sino que también impide que se construya una narrativa más completa sobre la salud del paciente. La medicina parece convertirse en una serie de episodios aislados en vez de una historia continua de experiencias y desafíos.
La situación se agrava en enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión y obesidad, donde el seguimiento a menudo se convierte en un mero cumplimiento de protocolos, sin una exploración profunda del contexto del paciente. Esta fragmentación se observa con claridad en sistemas de salud como el mexicano, donde la saturación de consultas es la norma. El tiempo se convierte en un bien escaso, y la atención se limita a mediciones y verificaciones rápidas, dejando de lado el verdadero proceso de escucha.
Escuchar, en la medicina, no es simplemente oír síntomas; implica reconstruir una trayectoria. Sin esta perspectiva holística, la consulta se asemeja más a un control de rutina que a un verdadero acompañamiento. El efecto sobre el paciente es desalentador, y muchos salen pensando que “la consulta fue lo mismo de siempre”. Esta normalización del desencanto revela que el problema es más profundo: es institucional y organizativo.
La escucha activa debería considerarse una parte integral del cuidado, no solo un añadido ético. Requiere tiempo, continuidad y una estructura que favorezca la comprensión. La digitalización de la información puede facilitar procesos, pero no puede reemplazar la conexión humana en la consulta. Sin una atención genuina, los encuentros médicos pueden transformarse en meras escenas de reprensión en lugar de ser momentos de auténtica comprensión.
Una propuesta simple pero eficaz sería incorporar en los expedientes clínicos preguntas fijas que indaguen sobre los cambios y las dificultades que los pacientes han enfrentado desde su última consulta. Aunque no resolvería todos los problemas, establecería una base para una escucha más atenta y contextualizada.
Este aspecto debería contar con mayor protagonismo en congresos médicos y discusiones académicas, no como un tema periférico, sino como central para la calidad de la atención clínica. La falta de una escucha adecuada afecta profundamente la confianza y la continuidad, y, en última instancia, socava la esencia de la medicina.
Así, en la búsqueda de mejorar la atención médica, es crucial revisar cómo se está comunicando la medicina, transformando las interacciones clínicamente vacías en encuentros significativos. Si esta retracción de la escucha se vuelve habitual, el riesgo no es solo que el paciente salga sin respuestas, sino que se comprometa la esencia misma de la práctica médica.
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