La participación de Haití en la Copa del Mundo de 2026, su primera desde 1974, es motivo de orgullo para muchos en la diáspora haitiana. Sin embargo, este sentido de orgullo se ve empañado por el temor a la represión migratoria que ha caracterizado las políticas de la administración del presidente Donald Trump. Emile, un haitiano residente en Ohio, comparte sus sentimientos contradictorios al pensar en alentar a su selección: “Cantar el himno nacional en un estadio, frente a todo el mundo, es un momento histórico que nadie querría perderse”, pero añadiendo que su abogado le aconsejó no viajar en avión por el riesgo de ser detenido por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
Las preocupaciones de Emile son eco de las inquietudes en la comunidad migrante en Estados Unidos. Many han sido testigos de cómo los agentes de ICE operan en el país, a menudo utilizando tácticas brutales. La indignación se intensificó tras el trágico tiroteo que cobró la vida de dos manifestantes en Minneapolis en enero, lo que ha generado un clima de temor y desconfianza hacia las autoridades. Según Monica Sarmiento, de la Coalición de Virginia por los Derechos de los Inmigrantes, “ahora la gente está muy atenta a lo que están haciendo las autoridades y ya no se siente segura”.
Con 78 de los 104 partidos de la Copa del Mundo programados para llevarse a cabo en Estados Unidos, la comunidad hispana, que representa el 20% de la población nacional, está particularmente preocupada por la posibilidad de que ICE intensifique sus operaciones durante el evento. Esta comunidad, que se concentra en estados como California, Texas y Florida, se ve amenazada además por la intención de la administración Trump de terminar con el Estatus de Protección Temporal (TPS), que protege a muchos migrantes, incluidos haitianos.
El TPS es esencial para aquellos que, como Emile, han encontrado refugio en Estados Unidos y temen ser deportados a un Haití marcado por la pobreza extrema y la inestabilidad. Las preocupaciones aumentan con informes de organizaciones como Human Rights Watch, que han documentado casos de solicitantes de asilo detenidos y deportados tras asistir a eventos deportivos, como la final del Mundial de Clubes.
Más de 120 organizaciones de derechos civiles, incluida la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), han emitido una advertencia sobre los posibles riesgos de violaciones a los derechos humanos durante el Mundial. Los asistentes, desde aficionados hasta periodistas, podrían ser objeto de detenciones, encarcelamientos y perfiles raciales por parte de ICE, lo que ha llevado a un ambiente de inquietud y hostilidad que no solo afecta al evento deportivo, sino que permea la vida diaria de muchas comunidades migrantes.
Un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) ha garantizado que los visitantes internacionales que ingresen legalmente a Estados Unidos para la Copa del Mundo no deben preocuparse. Sin embargo, la realidad es que la vigilancia de ICE en grandes eventos deportivos, como el Super Bowl, ha dejado claro que la preocupación por la deportación es un tema candente entre los migrantes.
Mientras tanto, FIFA ha reafirmado su compromiso con los derechos humanos, prometiendo promover la protección de estos valores en el marco del torneo. De esta forma, se plantea una dualidad compleja: la celebración del fútbol y la inseguridad que genera un clima de vigilancia para aquellos que solo desean ser parte de un momento histórico.
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