En el vasto panorama de la economía, la formación de economistas enfrenta un dilema crucial: ¿deberían ser arquitectos de políticas o auditores de programas? Ambas profesiones son necesarias y cumplen funciones distintas, pero en el contexto económico actual, esta disyuntiva adquiere una complejidad significativa.
Los auditores se caracterizan por su enfoque metódico. Se adhieren a normas establecidas, verifican el cumplimiento y señalan cualquier desviación con precisión. Su labor es conservadora, enfocándose en que los sistemas operen dentro de los estándares predefinidos, lo que les limita en su capacidad para imaginar nuevas soluciones.
En contrapartida, los arquitectos son innovadores por naturaleza. Enfrentan el desafío de conciliar objetivos dispares mientras navegan por limitaciones materiales y financieras. Su trabajo está marcado por la creatividad y la capacidad de concebir lo que aún no existe, algo esencial en un mundo en constante cambio.
Desafortunadamente, el campo de la economía ha ido inclinándose hacia una mentalidad de auditor en detrimento de la del arquitecto. Este cambio ha impactado tanto la composición de los profesionales en el área como sus metas y enfoques. Un factor que incide en esta tendencia es la interpretación comúnmente errónea del primer teorema fundamental de la economía del bienestar, enunciado por Kenneth Arrow y Gérard Debreu. Este teorema sostiene que, en ausencia de fallos de mercado, los mercados libres producen resultados eficientes. Sin embargo, Arrow mismo reconocía que los fallos de mercado son comunes, lo que sugiere la necesidad de intervención.
La consecuencia de esta interpretación es que los economistas han asumido un papel más conservador: protegen los sistemas existentes de interferencias potenciales, convirtiéndose en críticos más que en solucionadores de problemas. Este enfoque limita su capacidad para abordar retos contemporáneos que, por su naturaleza, son complejos y multifacéticos.
Temas urgentes como el cambio climático, la desigualdad creciente y las disrupciones tecnológicas requieren un enfoque diferente. Estos temas están comprometidos por múltiples variables que interactúan de maneras que incluso los modelos económicos convencionales no pueden predecir. Abordar estos desafíos rendirá frutos solo a través de un pensamiento imaginativo, es ahí donde la figura del arquitecto se vuelve esencial.
El surgimiento de ensayos controlados aleatorizados (ECA), adoptados de la medicina para medir resultados específicos, ha reforzado esta mentalidad de auditor. Aunque útiles en contextos concretos, los ECA no son adecuados para examinar designios más amplios, como el desarrollo de sistemas complejos que operan en entornos cambiantes.
Los problemas actuales, como la estancamiento económico o la desigualdad, son intrínsecamente complejos y no pueden ser resueltos con enfoques simplistas. Es crucial que los economistas estén preparados para analizar y resolver problemas integrales, utilizando toda la información disponible para crear modelos significativos que orienten políticas hacia el cambio positivo.
La formación de estos profesionales debe replantearse. Las instituciones educativas tienen la oportunidad de colaborar con gobiernos y partes interesadas, buscando soluciones a los desafíos del mundo real. Modelos de instituciones como el Growth Lab de Harvard demuestran que esta colaboración es valiosa y necesaria.
El enfoque de auditoría tiene, sin duda, su importancia, especialmente al evaluar la efectividad de programas y asegurar el uso responsable de recursos. Sin embargo, la creciente necesidad de innovadores dispuestos a abordar problemas complejos es innegable. Así, la cuestión radica en si seremos lo suficientemente audaces para reconocer que tanto arquitectos como auditores son esenciales para el futuro de la economía y la política, y si podremos prepararlos adecuadamente para cumplir con sus respectivas funciones.
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