A James Papatie le arrancaron de sus raíces de cuajo. Nació en 1964 en Kitcisakik, una comunidad del pueblo anicinape en la región canadiense de Abitibi-Témiscamingue (provincia de Quebec), y fue parte de los cerca de 150.000 menores indígenas que vivieron en uno de los 139 internados abiertos en Canadá para asimilarlos por la fuerza a la cultura dominante. Los tres primeros internados se crearon en 1883; el último cerró en 1996. Papatie estuvo encerrado en el de Saint-Marc-de-Figuery, (a unos 450 kilómetros de Montreal). Aún recuerda cuando, a los seis años de edad, fue llevado a esta institución. “Fue un secuestro. Funcionarios del Ministerio de Asuntos Indígenas, sacerdotes y policías fueron a buscarnos en embarcaciones. Algunos niños abrazaban a sus madres y abuelas. Varios padres recibieron golpes de la policía. Podían ir a la cárcel por negarse a entregar a sus hijos”, cuenta Papatie por teléfono desde Kitcisakik.
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“Después viajamos unas horas en autobús. Al llegar al internado, nos quitaron la ropa tradicional y la incendiaron. Nos ducharon, nos lavaron con lejía y cepillos para el suelo. Nos aplicaron un producto contra los piojos que causaba escozor. Luego nos raparon y nos dieron uniformes”, prosigue. Eso solo fue el comienzo del horror. “Fui agredido sexualmente por un sacerdote y dos alumnos de mayor edad. Los alumnos reproducían muchas veces lo que habían sufrido. Recibí golpes, sufrí maltrato psicológico, burlas a mi cultura”, sostiene. El internado de Saint-Marc-de-Figuery cerró en 1973. Papatie fue enviado a una residencia de régimen algo más abierto y vivió también acogido con familias no indígenas, pero no fue devuelto a su pueblo. Dejó de estudiar a los 15 años; dice que tenía “demasiados pensamientos negativos” en la cabeza. Se hundió en el alcohol y las drogas durante años, pero con fuerza de voluntad dejó atrás esa etapa y se convirtió en un líder de su comunidad. Volvió al lugar y a la cultura que habían intentado extirpar de él.



