¿Han matado los smartphones la lectura? En un análisis reciente, se evidencia que, aunque seguimos encontrando muchas palabras en nuestra vida diaria—en correos electrónicos, mensajes de texto y redes sociales—la profunda conexión que solíamos tener con los libros ha disminuido. Este cambio no se trata solo de la cantidad de palabras que leemos, sino de la calidad de esa lectura. Se ha observado que los lectores modernos pueden decodificar palabras, pero enfrentan dificultades para comprender textos más largos. Estamos lejos de ser una sociedad “analfabeta”; más bien, hemos entrado en una era “postliteraria”.
Es fácil culpar a los teléfonos inteligentes por esta tendencia. Sin embargo, un examen más minucioso revela que el declive comenzó mucho antes de la llegada de estos dispositivos. En 1988, el crítico literario George Steiner pronosticó que “la era del libro” se desvanecía gradualmente, un proceso que él vinculó al auge de los medios electrónicos en el siglo XX, desde la radio hasta la televisión. Los datos respaldan su perspectiva: en 1976, más del 60% de los estudiantes de 12.º grado en Estados Unidos leían por placer casi a diario. Este número ha caído drásticamente, acercándose a solo el 15% en la actualidad, evidenciando una disminución constante atribuible a la aparición de videojuegos, computadoras personales e internet.
El impacto de los dispositivos digitales no fue de un día para otro. En 2003, los estadounidenses leían una media de 21.9 minutos al día por interés personal. En 2010 y 2025, esta cifra disminuyó a 18.3 y 16.2 minutos, respectivamente. Esta tendencia revela un descenso sostenido, más que un colapso instantáneo ligado a la introducción del iPhone.
La tecnología, aunque relevante, no es la única culpable del fenómeno. Lo que ha disminuido es una cultura que tradicionalmente integraba la lectura en la vida cotidiana. Este cambio requiere un análisis histórico más profundo. En el siglo XIX, una combinación de papel más asequible, impresión a vapor, educación obligatoria y una mejor iluminación democratizó el acceso a los libros. Las bibliotecas, iglesias y círculos literarios fomentaron un ambiente propicio para la lectura.
En París, por ejemplo, las calles estaban llenas de personas con libros, mostrando un compromiso colectivo con la literatura. Sin embargo, para restaurar esa cultura de lectura, simplemente eliminar el smartphone no será suficiente. Debemos reconstruir las condiciones que permiten una lectura concentrada, que implica tres medidas clave.
Primero, es esencial proteger el libro impreso. Este formato es un medio que favorece la atención; sin distracciones como hipervínculos o notificaciones, permite al lector centrarse completamente en el texto. La experiencia física de pasar páginas también apoya la memoria, ya que muchos de nosotros recordamos la ubicación de la información en la página. A pesar de esto, las tendencias actuales parecen ir en dirección opuesta; en 2022, un organismo educativo sugirió “decentralizar la lectura de libros” para abordar las desigualdades en la competencia digital. Sin embargo, es crucial que las escuelas sigan promoviendo la lectura de libros, especialmente para aquellos que no crecen rodeados de ellos.
En segundo lugar, necesitamos espacios en los que la lectura sea la norma. La atención está influenciada por el contexto, desde la arquitectura hasta las expectativas sociales. Bibliotecas, librerías independientes y cafés pueden convertirse en “casas de lectura”, donde el silencio y la concentración sean comportamientos comunes. Iniciativas como sesiones de lectura silenciosa en Noruega demuestran cómo se pueden crear refugios del ruido digital.
Finalmente, debemos revitalizar la lectura como un acto social. A lo largo de la historia, la lectura ha florecido en comunidades. Desde los monasterios en la antigua era hasta los círculos de lectura del siglo XIX, la práctica de leer ha estado intrínsecamente ligada a la acción colectiva. Hoy, los clubes de lectura en línea y las comunidades digitales ofrecen un espacio para el intercambio y la discusión literaria, fusionando libros y medios digitales para un renacer de esta actividad.
Si queremos que la lectura perdure, deshacernos de nuestros smartphones no será suficiente. La formación de buenos lectores proviene de una cultura literaria robusta, y es esa cultura la que debemos esforzarnos por reconstruir. La lectura ha sido, y debe seguir siendo, una práctica colectiva sostenida por comunidades.
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