¡Benditos victorinos! La reciente Feria de Málaga ha sido testigo del regreso triunfal de estos emblemáticos toros tras doce años de ausencia, revitalizando un evento que parecía en peligro de desvanecerse. Gracias a la Diputación Provincial y al nuevo empresario Alberto García, la plaza de toros se posiciona como un referente, aspirando a ser la tercera más prestigiosa de España, solo detrás de Las Ventas y La Maestranza.
Sin embargo, este ambicioso objetivo enfrenta desafíos considerables. La feria ha estado marcada por la presencia de toros de menor calidad, y un público que, en su mayoría, busca solo diversión rápida y espectáculos superficiales. A lo largo de la feria se habían cortado 17 orejas, muchas de ellas otorgadas bajo criterios poco rigurosos, lo que ha generado críticas sobre la naturaleza de la lidia y la esencia misma de la tauromaquia.
Las palabras de Ricardo, un hijo del ganadero Victoriano del Río, resuenan en este contexto: “los toreros son los que mandan y exigen”. Esta afirmación pone de relieve cómo la exigencia del espectáculo ha llevado a la selección de ganaderías poco desafiantes, como Lagunajanda y Núñez del Cuvillo, que han logrado sorprender por su falta de exigencia en el ruedo.
El toro, siempre el protagonista de la fiesta, quedó en un plano secundario en una feria que se ha vuelto más sobre los toreros que sobre la pureza de la tauromaquia. La falta de competitividad y el escaso carácter de los astados frenaron las emociones que deberían acompañar a este evento. El número de pañuelos en los tendidos no representó un fervor genuino por la lidia, sino un intento de justificar el costo de las entradas.
Mientras la figura del presidente se mantiene crucial para el éxito de la feria, los responsables en Málaga han mostrado una alarmante falta de firmeza, incapaces de resistir la presión del público. Este fenómeno no es exclusivo de Málaga; el bajo nivel de exigencia se ha extendido a otras plazas de renombre, como Sevilla y Madrid, donde el entusiasmo del público ha llevado a un desdén por la calidad.
El viernes 21, la llegada de los toros de Victorino cambió la dinámica, logrando resurgir el verdadero espíritu de la lidia. El tercer toro, denominado Borracho, recibió ovaciones tras una actuación que puso a prueba la habilidad de los toreros, destacándose figuras como Manuel Escribano, quien vivió un episodio heroico al continuar después de una herida.
El cierre de la feria, marcado por la conmemoración del 150 aniversario de la plaza, mostró una vez más la brecha entre la calidad del espectáculo y la audiencia actual. Toros de diversas ganaderías ofrecieron exhibiciones que, aunque a veces emocionaron, carecieron de la tensión necesaria para ser verdaderamente memorables.
En conclusión, alcanzar el prestigioso objetivo de la Diputación Provincial y Tauroemoción resulta una tarea monumental sin la presencia de toros que inspiren respeto y miedo. Necesitamos aficionados apasionados y un palco con la autoridad necesaria para garantizar que la fiesta de los toros recobre su sentido. Sin rigor, la tauromaquia seguirá perdiendo su esencia, siendo una sombra de lo que fue.
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