En un giro inesperado y controvertido, el Museo Histórico de Nueva York, que recientemente inauguró su deslumbrante ala de 175 millones de dólares, ha hecho cambios significativos en su exhibición inaugural “Democracy Matters”. Menos de dos meses después de su apertura el 18 de junio, el museo ha reemplazado 17 objetos por reproducciones y ha retirado otros tres del espacio de exhibición, todo debido a preocupaciones sobre la conservación.
La raíz del problema se encuentra en la abundante luz natural que inunda la nueva galería principal, cuyas amplias ventanas, aunque arquitectónicamente atractivas, resultaron ser un riesgo para las piezas expuestas. Algunas de ellas, sensibles a la luz, podrían sufrir daños por la exposición prolongada. Ante esta situación, el director del museo, Louise Mirrer, intentó inicialmente neutralizar el problema bajando cortinas opacas, una solución que fue rápidamente retirada. Mirrer argumentó que esta medida comprometía la visión del arquitecto Robert A.M. Stern para el espacio, lo que llevó a la decisión de sustituir las piezas vulnerables.
Con el fin de encontrar un equilibrio entre la integridad arquitectónica y la narrativa de la exhibición, se optó por reemplazar las obras en riesgo. Aquellos que visitaban “Democracy Matters” observaron que algunos cambios eran evidentes; las reproducciones de los conocidos carteles “Buy War Bonds” de Norman Rockwell, por ejemplo, se asemejan notablemente a los originales. Sin embargo, otros reemplazos, como una fotografía digital de la obra de Betye Saar “Extreme Times Call for Extreme Heroines”, resultaron ser problemáticos, y el museo decidió eliminarlos también.
Además, se retiraron piezas relevantes como el vestido diseñado a mano por la excongresista de Nueva York Carolyn Maloney, que se usó en la Gala Met de 2021, y un maniquí vestida con un camuflaje de ganchillo por la artista Olek, homenajeando a la Marcha de Mujeres de 2017.
Estas decisiones han provocado frustración entre antiguos miembros del personal del museo, quienes afirman que el potencial conflicto entre la luz del sol y la exhibición era un tema conocido desde mucho antes de la apertura. Gerhard Schlanzky, quien trabajó en el museo durante 19 años antes de dejar su puesto como director creativo, declaró que había un consenso sobre la necesidad de cubrir los ventanales para salvaguardar las obras.
Mirrer reconoció que no había prestado suficiente atención a los problemas de luz durante la planificación, argumentando que su enfoque había estado en la financiación y inauguración del ambicioso proyecto arquitectónico. La curadora de la exhibición, Wendy Nalani E. Ikemoto, por su parte, también tomó distancia de la decisión de elevar las cortinas, alegando que no había estado involucrada en la política que llevó a la sustitución de las obras.
Este dilema plantea una difícil elección para el museo: cómo lograr un equilibrio entre la conservación de las obras y la preservación de la visión arquitectónica. Como comentó Schlanzky, las reproducciones no son el verdadero atractivo; el interés radica en las obras auténticas. “La gente viene a ver cosas reales”, enfatizó. Sin duda, la resolución de este conflicto definirá cómo se presenta y se experimenta la historia en este nuevo espacio cultural.
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