Con el avance del cambio climático, los océanos continúan su voraz ascenso, mientras que los lagos, esenciales para la vida, se desvanecen. Esta dualidad, aunque proviene de una misma causa, termina generando resultados drásticamente opuestos. Un claro ejemplo de esta preocupación son los glaciares en Groenlandia; su deshielo provocará un incremento en el nivel del mar de aproximadamente 7.4 metros. Por su parte, la Antártida Occidental contribuiría con 5 metros, y la Antártida Oriental podría elevarlo hasta 60 metros. En contraste, desde 1992, más de la mitad de los lagos del mundo han comenzado a disminuir, amenazando el 87% del agua dulce de nuestro planeta. Esta situación tiene un impacto particular, ya que más de un cuarto de la población global reside en cuencas de lagos que están en proceso de secarse.
Tomando como referencia el Lago Pátzcuaro, conocido por su relevancia cultural para la civilización Tarasca, se ha observado una alarmante reducción en su superficie. Hace tres décadas, su área era de 118.73 km²; sin embargo, en marzo de 2024 esa cifra ha caído a 68.33 km², representando una pérdida del 42% en superficie y del 33% en volumen. La famosa Isla de Janitzio ha dejado de ser una isla al establecerse una conexión terrestre. Las causas que explican este declive son tanto el cambio climático como acciones humanas, incluyendo el desvío de agua y la expansión de cultivos ilegales de aguacate y frutos rojos. Un caso igualmente preocupante es el de la Laguna de Tecocomulco en Hidalgo, que actualmente se encuentra sin agua.
Este escenario no se limita a México; en otras partes del mundo también se reporta una drástica reducción en los cuerpos lacustres. El Lago Montbel en Francia, por ejemplo, solo alcanza el 28% de su capacidad (datos de marzo de 2023). El Lago Chad ha sufrido una pérdida de hasta el 95% de su volumen desde la década de 1960, mientras que el Mar Aral ha quedado reducido a solo el 10% de su tamaño hace 30 años.
El Mar Caspio, el mayor lago del mundo y rodeado por Azerbaiyán, Irán, Kazajistán, Rusia y Turkmenistán, se enfrenta a desafíos igualmente críticos. Con una longitud de 1,200 kms y representando más del 40% de la agua lacustre global, su nivel ha venido cayendo notablemente desde finales del siglo XX, especialmente desde el año 2000. Se prevé que para el periodo 2070-2100, su nivel de agua se reduzca entre 9 y 18 metros, lo que podría eliminar el tercio norte del Mar Caspio, donde la profundidad media es entre 5 y 10 metros.
La geografía y los patrones de viento afectan este fenómeno. La disminución de la superficie de agua resultará en menos evaporación, y en consecuencia, disminuirá la formación de nubes, afectando la irrigación de regiones adyacentes, como la estepa póntica, que se extiende por países como Bulgaria, Moldavia, Rumania, Rusia y Ucrania. Para abordar esta crisis, los países ribereños están trabajando en cooperación, como quedó evidenciado en la declaración adoptada en la COP 29, reconociendo la urgencia de unir esfuerzos para enfrentar el descenso de aguas.
Cada lago, por pequeño que parezca, tiene un rol crucial en el ecosistema global; el caso del Mar Caspio subraya que la reducción de cualquier lago implica una menor humedad en su entorno. Cada cuerpo de agua debería ser considerado un bien común de la humanidad, y es imperativo que la sociedad asuma sus responsabilidades hacia el medio ambiente, en relación al agua y al clima.
La coincidencia entre el ascenso de los mares y el desecamiento de los lagos es un fenómeno que ilustra la complejidad del ciclo del agua en nuestra Tierra.
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