En la entrada hacia Matanguarán, una pequeña comunidad con menos de 600 habitantes en el municipio de Uruapan, se observan tres cruces. Rodeadas de plantíos de aguacate, se encuentran algunas casas modestas donde los residentes salen únicamente a trabajar. Sin embargo, la falta de una plaza y un templo vacío deja en evidencia la ausencia de actividades recreativas y de un espacio de congregación. En uno de los muros del templo, destaca una figura grandiosa de la Virgen de Guadalupe.
Hace un poco más de un año, el 10 de marzo de 2022, el sonido de las balas retumbó en esta localidad durante horas que parecieron interminables. Desde las 9:30 de la mañana hasta pasadas las doce del mediodía, dos cárteles del narcotráfico se enfrentaron sin tregua, generando pánico entre los habitantes. Sin embargo, los más afectados fueron los alumnos de la escuela primaria Juan Aldama, quienes se vieron obligados a refugiarse debajo de los mesabancos mientras la violencia continuaba en el exterior.
Este suceso dejó una profunda huella en la comunidad, sembrando miedo y vulnerabilidad entre sus habitantes. Matanguarán, conocido por su tranquilidad y sencillez, se vio sumido abruptamente en el caos y la inseguridad. Los enfrentamientos entre los cárteles y el estruendo de las balas perturbaron la paz que solía reinar en este rincón olvidado.
La escuela primaria Juan Aldama, que solía ser un espacio de aprendizaje y alegría para los niños, se convirtió en un refugio improvisado. Los pequeños, aterrados y desconcertados, se resguardaron debajo de los mesabancos mientras el sonido de los disparos aumentaba en intensidad. Ese día, la inocencia dio paso al miedo en los corazones de los niños, dejando cicatrices emocionales difíciles de borrar.
La comunidad de Matanguarán, en su mayoría dedicada a la agricultura del aguacate, tuvo que enfrentar las consecuencias de este episodio violento. La vida diaria se vio afectada y el temor se arraigó en la cotidianidad de sus habitantes. La ausencia de opciones de entretenimiento y lugares seguros para reunirse acentuó aún más la sensación de aislamiento y vulnerabilidad en la comunidad.
A pesar de los desafíos, los habitantes de Matanguarán se aferran a la esperanza y a su resiliencia. Las cruces en la entrada del pueblo se convierten en un recordatorio de aquel fatídico día, pero también en un símbolo de unidad y fortaleza. Aunque la presencia del narcotráfico y la violencia persisten en la región, la comunidad busca reconstruir su paz y trabajar en conjunto para crear un futuro mejor, donde sus hijos puedan crecer sin miedo y tengan oportunidades para desarrollarse plenamente.
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