El más reciente informe de las agencias de calificación pone a México en una posición cada vez más delicada. Ayer, Moody’s decidió bajar la calificación soberana del país de Baa2 a Baa3, lo que lo sitúa en el último escalón antes del grado especulativo, conocido como bonos chatarra. Este movimiento se suma a la advertencia de S&P, que el 12 de mayo cambió la perspectiva del país de estable a negativa, y a la confirmación de Fitch, que mantiene a México en BBB-, su mínimo grado de inversión.
Las tres agencias coinciden en señalar que, a pesar de conservar este grado, el margen se estrecha cada vez más. Moody’s argumenta que el deterioro fiscal, el elevado gasto rígido, la baja recaudación y el apoyo incondicional a Pemex son factores cruciales detrás de la rebaja. Si la situación no se corrige, una próxima degradación llevaría a México a territorio de especulación.
S&P, aunque no recortó la nota en esta ocasión, advierte que si no se observa un avance significativo en la consolidación fiscal en los próximos 12 a 24 meses, podría seguir el mismo camino. Fitch, por su parte, mantiene una perspectiva estable, pero subraya que en el umbral de BBB- los riesgos son igualmente elevados.
Frente a este panorama, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público ha respondido de manera técnica y precisa, señalando que con las ocho agencias que evalúan su deuda soberana, México aún conserva el grado de inversión. Además, cerca del 80% de la deuda está denominada en moneda nacional y a tasa fija, minimizando la exposición a choques externos. Aún así, estos elementos, aunque ciertos, son insuficientes ante un deterioro evidente.
Los problemas subyacentes son claros y han sido señalados repetidamente. La economía presenta un crecimiento débil, que afecta la recaudación; un gasto rígido que implica pensiones, subsidios e intereses; y un Pemex que se perfila cada vez más como un lastre en las cuentas públicas. Además, la incertidumbre relacionada con la revisión del T-MEC y la relación comercial con Estados Unidos agrega presión sobre la economía.
Si bien el conjunto de estos factores no configura una crisis de deuda inmediata, es una acumulación de rezagos que, si no se aborda, podría desencadenar una. Para revertir esta tendencia, México necesita adoptar medidas impopulares, como reducir el déficit de forma creíble, estabilizar la deuda en proporción al PIB, y aumentar los ingresos tributarios sin frenar aún más el crecimiento.
Sin una reforma fiscal efectiva y sin certidumbre para la inversión privada, cualquier ajuste fiscal se tornará más complicado y menos creíble. La situación actual, con la estrategia gubernamental centrada en la estabilidad macroeconómica heredada, no parece suficiente para tranquilizar los mercados.
En resumen, México navega en aguas turbulentas. Si bien hasta ahora se mantiene a flote, la calificación de Moody’s y Fitch apunta a que está en el borde de una caída a bonos chatarra. S&P ofrece un respiro, pero mantiene una perspectiva negativa que amenaza con una degradación si no se toman medidas decisivas. La diferencia entre estar firme y estar al borde del abismo es, sin duda, más que una cuestión de números.
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