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México y Nicaragua: otro fallo diplomático

por en InternacionalTiempo de lectura: 4 min
México y Nicaragua: otro fallo diplomático

El pasado miércoles, en una sesión del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), veintinueve naciones votaron a favor de convocar una reunión urgente de cancilleres para discutir la drástica decisión de Daniel Ortega de suspender las elecciones en Nicaragua. Sorprendentemente, México optó por la abstención, a través de Alejandro Encinas, su representante ante la OEA, quien afirmó que la situación interna en Nicaragua "no constituye una amenaza para la paz ni la seguridad hemisférica". Encinas abogó por el diálogo y advirtió que clasificar esta crisis como una amenaza podría aislar aún más a la nación centroamericana.

En términos sencillos, esto se traduce en un acto que desmantela el mecanismo democrático por el cual los ciudadanos eligen a sus gobernantes. A pesar de la gravedad de la situación, el gobierno mexicano prefirió no dar seguimiento a una simple convocatoria para dialogar sobre el tema. En lugar de actuar con claridad, se escucharon ecos de la “autodeterminación de los pueblos”, cuando en realidad lo que prevalece es la autodeterminación de un dictador. No se trata de una intervención militar ni de sanciones, sino de un gesto diplomático mínimo, que podría haber incluido sentar a los cancilleres a discutir. La decisión de México de evitar este diálogo es, sin lugar a dudas, alarmante y digna de reproche.

Este comportamiento es aún más significativo considerando que México es signatario de la Carta Democrática Interamericana desde 2001. Este documento no es meramente ceremonial; sus artículos 19 al 21 afirman que la ruptura del orden democrático en un Estado miembro es una preocupación de toda la comunidad interamericana. Al abstenerse en esta votación, México no sólo ignoró el mecanismo establecido para abordar este tipo de situaciones, sino que, además, desoyó las directrices del mismo tratado que firmó.

La postura de México en este contexto no resulta aislada, sino que forma parte de un patrón más amplio. Hace seis meses, cuando Estados Unidos detuvo a Nicolás Maduro, la presidenta Claudia Sheinbaum condenó la violencia, pero omitió mencionar que Maduro gobierna a través de fraudes electorales y represión sistemática. Con respecto a Cuba, México mantiene un acercamiento diplomático sin criticar a los presos políticos o los abusos a los derechos humanos, a pesar que la defensa de estos derechos es un principio clave de su política exterior. El país ha guardado silencio también sobre la represión y las violaciones a los derechos humanos en Nicaragua, donde la dictadura de Ortega ha encarcelado opositores y cerrado universidades.

En un escenario contrastante, cuando en diciembre de 2022 Pedro Castillo fue destituido en Perú, México rompió relaciones diplomáticas, describió el evento como un golpe de Estado, y ofreció asilo a la ex primera ministra Betssy Chávez. Este mismo México, que se mostró firme contra un gobierno de centroderecha, ahora actúa con pasividad frente a la autocracia de Ortega. La diferencia radica en la ideología de los regímenes en cuestión. La contradicción es evidente; se observa un claro doble estándar en la actitud del gobierno mexicano ante el autoritarismo según provenga de la izquierda o de la derecha.

En 1979, el gobierno mexicano tomó una postura clara al romper relaciones diplomáticas con la dictadura de Anastasio Somoza, justo antes de que los sandinistas hicieran su entrada triunfal en Managua. México fue pionero en este acto, respaldando a la insurgencia y ofreciendo apoyo financiero al nuevo gobierno luego de su victoria. Aquella política exterior contaba con una brújula moral, defendiendo la autodeterminación de los pueblos para protegerlos del autoritarismo.

Sin embargo, el México actual utiliza las mismas frases —soberanía, autodeterminación, no intervención— pero las vacía de significado. En lugar de defender a los nicaragüenses de Ortega, las emplea para proteger al dictador del escrutinio internacional. No se trata solo de una postura de no intervención; es un debate válido, pero la vergüenza radica en la selectividad y el desprecio a un acuerdo que México mismo firmó.

Nicaragua ha decidido no celebrar más elecciones. En un giro irónico, el país que una vez mostró valentía al romper con un tirano en ese mismo territorio, ahora parece incapaz de apoyar una simple discusión entre naciones sobre otro tirano. Este desenlace es un golpe para la reputación y credibilidad diplomática de México su estatus en la comunidad internacional.

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Datos basados en información reportada originalmente por letraslibres.com.

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