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Mónica García, de Más Madrid, nos cuenta la diferencia entre política con mayúsculas y politiqueo

Redacción by Redacción
18 mayo, 2022
in Internacional
Reading Time: 5 mins read
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Dado que mi vida se balancea entre los dos oficios, la medicina y la política, uno de mis pasatiempos favoritos es darle vueltas a la cabeza en busca de similitudes y diferencias entre ambas disciplinas, tratando de elaborar una teoría rudimentaria que sirva para vincular los dos mundos. No solo porque conecta dos de mis pasiones, sino porque creo que el ejercicio de la política tiene mucho que aprender del ejercicio de la medicina (o ciencia), y viceversa.

La pandemia de la covid-19 en nuestro país, además, ha puesto de manifiesto las dificultades que entraña aunar los dos mundos y ha constatado un nuevo divorcio entre los valores de la política y los de la ciencia. El divorcio entre la necesidad de diagnosticar la compleja realidad a través del conocimiento, con una herramienta flexible y evaluable como es la ciencia, y la urgencia de dar un tratamiento simplificado, interesado y muchas veces sin base empírica, con una herramienta rígida como es la política, que relega el conocimiento y la complejidad a un segundo plano.

La medicina y la ciencia en general tienen sus normas, sus códigos y su arte, pero… ¿y la política? Mi propuesta surge de intentar trasladar algunos de los códigos que imperan en aquellas al ejercicio de esta última. No solo su código ético, que también, sino sus buenas artes, su capacidad de progreso, de evaluación continua, de rigor y su permanente disponibilidad al servicio del desarrollo y la evolución. Una política entendida y descrita por The Concise Oxford Dictionary of Politics como “la práctica del arte o la ciencia de dirigir y administrar los estados”. Porque, ¿podríamos considerar a la política como un arte? Y si así fuera, ¿Qué elementos serían necesarios para definir el arte de la política?

Aparte de la descripción de Oxford, creo que es importante diferenciar lo que es política de lo que es politiqueo, como también lo es diferenciar la ciencia de la pseudociencia. Mi gran amigo José Manuel López lo explica perfectamente en su libro Microcracia, en el que traza un paralelismo con los diversos términos que se utilizan en inglés para definir conceptos que son distintos: “En inglés existen tres términos para la política: polity, policy y politics —escribe López—. La polity se refiere al concepto de Estado, la lógica del gobierno, la estructura y las instituciones; también al sentido común, a la idea de normalidad, al paradigma. La policy consiste en los principios para la gestión, las políticas públicas y las ideas. Por último, politics es la actividad de los partidos políticos y los grupos de interés”. Es decir, Política con mayúsculas, políticas públicas y politiqueo. Este último es el que se suele usar para opacar a los otros dos y devaluar su arte.

Para quienes compartimos los dos mundos, el político y el médico-científico, lo político debe tener un sustento racional, empírico, palpable; algo con lo que se pueda trabajar más allá de los mensajes, las opiniones y las promesas electorales. Tienen que existir anclajes que conecten la política con la realidad y con el conocimiento del medio sobre el que se quiere intervenir. Porque, de lo contrario, la política se convierte en una herramienta inútil e incomprensible que se relaciona más con las creencias que con las vivencias, con las necesidades de quienes ostentan la representación que con los problemas de los representados. Una herramienta que se mueve sobre una bicicleta estática en un universo paralelo ajeno a la realidad. Y como bien sabemos en medicina, es imposible cambiar la realidad a base de fórmulas esotéricas o dogmas de fe que pertenecen a un oscuro pasado precientífico. Sin embargo, los seguimos observando en un no menos oscuro presente político.

En una ocasión escuché en la Asamblea de Madrid a una representante del partido del gobierno decir que una ley que todavía no se había aprobado ya funcionaba. ¡Albricias! ¿Cómo es posible? Los milagros en forma de leyes no los vio venir ni la Santa Sede. La pregunta es: ¿funcionaba para qué y para quién? Si el fin era propagandístico, estaba claro que había funcionado. Pero si era político, resultaba imposible anticipar su eficacia sin ampararse en la fe ciega o sin demostrar previamente que esa misma ley ya ha funcionado en algún otro lugar. Una ley es como un tratamiento. No vale solo con prescribirlo; hay que evaluar si ha funcionado, si hay que cambiarlo, reforzarlo o mantenerlo, porque el fin no es ni la ley ni la receta sino el resultado. Todo lo demás es charlatanería.

Decía Maimónides, médico y filósofo del siglo XII: “Haz que mis pacientes tengan confianza en mí y en mi arte, que sigan mis consejos y prescripciones. Aleja del lecho de mis pacientes a los charlatanes. Dame la fuerza, la voluntad y la ocasión para ampliar cada vez más mis conocimientos…”. De la misma forma que queremos alejar a los charlatanes de nuestros pacientes, e igual que denunciamos y contrarrestamos los mensajes de la pseudociencia, debemos poner filtros y trabas al ejercicio de la pseudopolítica tanto en su charlatanería como en su ignorancia.

Porque la política no puede ser el único oficio que base sus decisiones en el desconocimiento y que no evalúe sus consecuencias. No puede ser el único arte que no se retroalimente del rigor y del empirismo, por muchos intereses que esconda. Decía Isaac Asimov que “si el conocimiento crea problemas, no es a través de la ignorancia que podemos resolverlos”. Por eso, cuanto más apegada está la política al conocimiento de la realidad, más demuestra su potencial y su verdadera naturaleza. Y cuanto más se aleja, más fútil e innecesaria es. Quienes no confían en la política, quienes gustan de usar el oficio solo como una herramienta para alcanzar y sustentar el poder, la desprecian y la degradan. Y no hay mejor manera de rebajar su potencial que hacer un mal uso de ella, convirtiéndola en un club privado de charlatanes en quienes no se puede confiar, porque ni siquiera ellos mismos creen en su poder transformador. De ahí que sean tan dañinas las políticas de placebo, de titular hueco, las que parece que hacen sin hacer de verdad, así como las políticas que se quedan a medio camino del problema a resolver porque prometen resultados que se sabe de antemano que nunca van a ser reales y efectivos. Es como administrar la mitad de la dosis de un antibiótico, dar el antibiótico equivocado o prescribirlo cuando lo que el enfermo necesita de verdad es una cirugía. Y ese es el mejor caldo de cultivo para sembrar la desconfianza en la política, y esa desconfianza es la mejor herramienta para supeditar la política a los peores intereses.

Mónica García (Madrid, 1974) es portavoz de Más Madrid en la Asambea de Madrid y anestesista. Este extracto pertenece al libro ‘Política sin anestesia’, de la editorial Plaza y Janés, que se publcia este 19 de mayo.

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Tags: Mónica García
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