En los últimos años, un fenómeno preocupante ha emergido entre la juventud china: muchos jóvenes han adoptado la postura de “hacer la plancha”, una actitud pasiva frente a sus carreras profesionales, reflejando una desilusión generalizada con sus perspectivas económicas. Este movimiento, en marcado contraste con la tradicional “carrera de ratas”, ha llevado a las autoridades chinas a vincularlo con influencias externas, sugiriendo que fuerzas hostiles buscan socavar la moral y el desarrollo del país.
La raíz de este desencanto se puede rastrear hasta la controvertida política del “hijo único”, implementada en 1980 en un intento por controlar el crecimiento poblacional y mejorar el empleo. Sin embargo, los resultados han sido contrarios a lo esperado: la disminución del número de hijos ha debilitado el poder de negociación de los hogares. Esta política ha transformado la dinámica económica y ha contribuido a que la participación de los ingresos de los hogares en el PIB caiga del 66% en la década de 1980 a solo el 44% en la actualidad.
Con un consumo interno y una creación de empleo aún moderados, muchos trabajadores se ven empujados a realizar horas extras simplemente para conservar sus empleos, lo cual ha llevado a que la semana laboral promedio se extienda a 49 horas, llegando a 60 horas en ciertos casos. Este agotador ritmo se ve agravado por el elevado desempleo juvenil, que alcanzó un preocupante 21.3% en junio de 2023, lo que ha generado desajustes entre la creciente cualificación educativa y las oportunidades limitadas en un sector de servicios aún poco desarrollado.
La desalentadora competencia en el mercado laboral, con millones de graduados luchando por unos pocos puestos, ha hecho que algunas universidades insten a los estudiantes a seguir formaciones profesionales que faciliten la inserción en el mercado. Mientras tanto, los millones de jóvenes que no pueden encontrar un empleo estable se ven obligados a hacer trabajos informales, contribuyendo a la economía en sectores como la entrega de comida o servicios de transporte. En la actualidad, China alberga aproximadamente 240 millones de trabajadores informales, lo que representa cerca de un tercio de su fuerza laboral.
La inversión en tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica está reduciendo aún más las opciones de empleo disponibles, mientras que la participación de los ingresos de los hogares en el PIB sigue disminuyendo, indicando un aumento de la capacidad fiscal del estado y subsidios industriales en lugar de un crecimiento sostenido. Este modelo económico, mayoritariamente impulsado por las exportaciones, ha impactado seriamente la capacidad de la población para consumir y, por ende, ha limitando el desarrollo de la industria manufacturera en el extranjero, especialmente en mercados vitales como el de Estados Unidos.
El futuro plantea un escenario sombrío: aunque el auge manufacturero ha permitido a China capturar alrededor del 28% del valor agregado de la industria global, su porcentaje de nacimientos a nivel mundial ha caído drásticamente, del 17% en 1990 a un alarmante 6% en la actualidad. Se prevé que esta cifra pueda descender a menos del 3% para 2050.
Todo esto culmina en una paradoja: mientras China está produciendo bienes en abundancia, su capacidad para sostener a su propia población a largo plazo podría estar en peligro. En lugar de ver a los jóvenes como desinteresados, es crucial reconocer el contexto estructural que los ha llevado a esta pasividad. Una economía más equilibrada, centrada en el consumo interno y el bienestar de los ciudadanos, podría ser el único camino hacia un futuro sostenible.
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