La expresión “tiempos de mujeres” ha cobrado gran relevancia en México desde la llegada de la Presidenta Claudia Sheinbaum. Sin embargo, más allá de su carga política, esta frase invita a un cuestionamiento profundo: ¿puede significar un cambio en la comprensión del desarrollo y nuestra relación con el entorno? En particular, en el Valle de Mexicali y el Delta del Río Colorado, esta pregunta se torna y se vuelve crítica, ya que implica una transformación del modelo de gestión territorial.
A lo largo del siglo XX, se impuso una visión centrada en el dominio de la naturaleza. En la cuenca del Río Colorado, grandes obras como las presas Hoover y Glen Canyon sentaron las bases para una expansión urbana y agrícola sin precedentes. En el Valle de Mexicali, el auge de la agricultura de posguerra replicó esta lógica mediante la mecanización intensiva, el uso de fertilizantes y la expansión del riego, símbolos de progreso.
Este modelo, aunque trajo consigo beneficios tangibles, también generó costos significativos: suelos salinizados, presiones económicas sobre los productores, deterioro ecológico y extensas áreas de cultivo abandonadas por agotamiento. En el Delta, la regulación extrema convirtió uno de los humedales más ricos en un sistema fragmentado, dependiente de decisiones tomadas a miles de kilómetros. Durante décadas, la gestión priorizó el control del río, pero tarde o temprano ha emergido la necesidad de convivir con él.
Desde hace casi dos décadas, ha comenzado a forjarse una nueva corriente. Gracias a esfuerzos de restauración impulsados por la sociedad civil, la academia y autoridades de ambos lados de la frontera, se ha comprobado que es posible y deseable recuperar el ecosistema del Delta. La Alianza Revive el Río Colorado es un símbolo de este cambio necesario: pasar de un enfoque de control a uno de reconciliación con los procesos naturales.
Simultáneamente, iniciativas como Restauremos El Colorado están abordando la agricultura desde un ángulo regenerativo. Este enfoque no sólo busca abandonar la lógica extractiva, sino también asumir el rol de custodios del suelo, promoviendo prácticas que eliminan el barbecho, diversifican cultivos e integran actividades pecuarias y vegetales para mantener la humedad y restaurar la fertilidad. Aquí se reconoce que la productividad futura está inextricablemente ligada a la salud ecológica del territorio.
En este contexto, “tiempos de mujeres” adquiere una significación simbólica profunda. No se trata de que la protección del ambiente sea exclusiva de un género, sino que representa la transición de una cultura de dominio hacia una que se basa en la interdependencia y la sostenibilidad. Hoy en día, numerosas mujeres lideran procesos fundamentales en restauración, investigación, gestión comunitaria y formulación de políticas públicas, reforzando la metáfora del cambio con realidades concretas.
Tal vez el cambio más significativo no resida únicamente en quién dirige las instituciones, sino en las decisiones que estas toman. La prosperidad no debe medirse solo por la capacidad de transformar el entorno, sino por la habilidad de cuidarlo y regenerarlo. Si este es el profundo significado de los nuevos tiempos, el Valle de Mexicali y el Delta del Río Colorado podrían estar ofreciendo una lección esencial: la sanación ambiental y la resiliencia social requieren, más que la construcción de nuevas infraestructuras monumentales, una renovada ética territorial. Esta ética, más paciente, cuidadosa y consciente de los límites del planeta, podría ser precisamente la señal de que algo significativo está cambiando.
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